1

Muchos años después de lo ocurrido, y después de lo que no ocurrió, reflexiono.

Un hombre de su tiempo es quien puede cortar con su voz, el intenso ruido que muchos hombres hacen en su paso por la tierra, dividiendo cada paso en la medida exacta de su extensión, distribuyendo y adjudicando a cada quien los progresos de ese camino, pensando en la suma final que producirá ese movimiento. Esto con el fin de saber cuántos pasos hemos dado cada uno, cuánto hemos avanzado y hacia dónde vamos. Un hombre de su tiempo no le teme al ruido de esos millones de hombres; más bien, ama su dinamismo y el derrame de huellas por el sendero. Un hombre de su tiempo observa esas huellas, las palpa, las mide y las ve alejarse: no trata de alcanzarlas, las deja ir por el camino y siente que él debe seguirlas para encontrar a aquellos a los que pertenece. No pretende llegar primero, sabiendo cuál dirección es la elegida, sino sólo desea saber hacia dónde van.

Los tiempos son como las ramas de un árbol que vemos quebrar el cielo, cuando nos quedamos bajo su sombra; son también la luz fragmentada que llega a la tierra en esa proyección natural. Y también pueden ser esos rostros que se bañan en el claroscuro de esa magnífica combinación entre cielo y tierra. Todos los tiempos son, en el hombre de su tiempo, la bella escena de un segundo o la larga jornada que se recrea hacia el final de la tarde. Pero la tarde va cayendo, el sol se hunde, desaparece la luz y el árbol, el ramaje se confunde con lo que ha quebrado. Estamos bajo la noche. Nadie, ni el hombre de su tiempo, puede reconocer las huellas que los otros han abandonado en la tierra. Él se convierte, en la ardua espera de la marcha, en un rehén de su propio tiempo.

¿Cómo podemos, nuevamente, ver la exacta conjunción entre la luz y la sombra, cuando ya la noche llega y pesa como un piedra enorme en los bolsillos? ¿Cómo podemos quedarnos así, tan rápidamente, sin tiempo y sin humanidad? ¿Cómo, tan de pronto, nos ponemos a pensar sobre la historia perdida con esa enorme piedra en los bolsillos? Ya no podemos ver el rumbo de nuestros compañeros, ni siquiera escuchar el ruido de la marcha. Estamos solos, sin huellas, sin medidas, sin tamaños, sin tacto ni distancias y, sin embargo, nos quedamos bajo el árbol esperando que otro día llegue, esperando que el sol haga su voluntad como de costumbre. Volverá la luz, sin duda, y se reunirá con su árbol. Presenciaremos, una vez más, la escena del hombre y del tiempo, la quebradura del cielo. Escucharemos el ruido de la multitud cotidiana que pasa por nuestro lado. Pero esta vez, observaremos todo detrás del árbol, escondidos, asustados, con el miedo que deja el saber que todo perece todos los días, incluso el sol que es eterno.

2

Fue, quizás, el terremoto del año de 1985 el sol que me despertó: los recuerdos más claros comienzan desde aquel año. El suelo inestable de Chile, salió de su letargo y abrió sus fauces con un largo bostezo de ruinas y miseria. Pude ver cómo la tierra movía aquel país construido en el aire, tal como los hechos que poco después sucederían comenzaron a mover las conciencias. En mi barrio la gente vivió por un par de semanas en la calle, los militares salieron a la calle y rodearon el cordón de edificios donde vivía: todo volvió al pasado inmediato. Acampamos en las canchas de fútbol y en carpas improvisadas, mientras el inicio de clases en las escuelas se aplazaba por algunas semanas. Las casas quedaron vacías. Pero nuestros viejos canarios siguieron en sus jaulas dentro del departamento, cantando solitarios, pidiendo su ración de alpiste como una limosna que les llegaba una vez por día. No obstante, el terremoto comenzaría sus nuevas réplicas algunas semanas después: estallan bombas a lo largo del país, son asesinados dos hermanos, desaparecen tres hombres que luego aparecerán degollados a la orilla de un camino, siguen las bombas, siguen las protestas y los muertos que engordaban con sangre a los parásitos de la dictadura.

Fuimos niños en los ochenta, en los márgenes de la ciudad, y ahora somos mujeres y hombres de ese tiempo. Tendremos que ir por el ruido del presente, por las contradicciones del ahora, hacia esa historia sumergida en estos años. Buscar la historia de aquellos sentimientos perdidos, de aquella alma que por el uso fue abandonada por otra, de los sucesos interpretados y que hoy parecen nuevos. Pero me refiero a la reconstrucción imaginaria de esa historia: intentar ver por los ojos antiguos y descorrer el velo oscuro de un mundo ya vivido. Tal vez esto sea sólo una fantasía filológica, pero no podrá decirse que flota en un aire atemporal y que las ráfagas de sucesos no le hacen mella alguna; podrá no tener principio ni final, pero tiene una historia posible y con órdenes posibles, donde la interpretación de los sentimientos pasados y lo vivido se sientan en la cabecera de la mesa. Para hacer justicia con nuestra historia tal vez haya que volver a ser hijos de ese tiempo.

A los hombres y mujeres de ese tiempo nos llaman los hijos de la dictadura: bastardos, ilegítimos, generación espontánea crecida de la basura cotidiana, esa que huele mal pero que pronto nos acostumbramos a oler sin mayor sobresalto. Pero aprendimos a caminar en dos pies mientras otros estaban de rodillas. Pero lo que veíamos no lo podíamos explicar. Lo que nos explicaban no lo entendíamos o no lo queríamos entender. Sólo escuchábamos y veíamos, no comprendíamos nada: las cosas del mundo se movían en una inalcanzable pantalla de cine, lejana, ríspida, opaca; apenas movimientos, apenas sombras e imágenes borrosas y también borradas. Cuando la película del mundo cesaba venía la noche, la larga noche de aquella infancia. Y había ruidos y nuevas películas, más invisibles aún, pero más audibles. Cada cuadro era un estallido profundo que se perdía en el vacío, como un tren, que se iba y se iba sin retorno. Se podía escuchar todo. Luego, la pólvora nocturna se dejaba caer en el mismo lecho que, por la mañana, compartía con el rocío. Todo seguía un orden absoluto: los opuestos se abrazaban y se callaban las diferencias. La pólvora y el rocío no eran distintos. Se podía escuchar todo. Para los hijos de la dictadura no era tan difícil vivir en ese planeta de películas para ciegos.

Hay que decir algo más. Ese mundo era un mundo desvelado. El sueño se había interrumpido y algunos seres vagaban insomnes por la ciudad. Pero no era un deambular cualquiera: era metafórico. Las luces se apagaban temprano y había que meterse en la cama: otras luces, las que caían lentamente del cielo, tomaban su lugar. Por algunos minutos, la noche era el día. La luz venía del cielo y, sin prisa y sin pausa, venía cayendo para alumbrar a los hombres de buena voluntad. Esa extraña luminosidad también se podía oír y su sonido era un chillido ensordecedor, como una lija o un cuchillo que venía cortando el aire oscuro, a tajos verticales, para caer en un lento desplome. La gente de mi barrio, los que estaban despiertos, miraba a escondidas por la ventana para ver esa luz. La miraban en silencio, pues venía del cielo. Yo no tenía autorización de hacerlo, si es que permanecía despierto: sólo escuchaba el chirrido cayendo desde alguna parte del cielo y luego un tren, muchos trenes, furiosos y veloces, que se escapaban por los túneles de la noche. No sé hacia dónde iban aquellos bólidos de plomo. Sólo sabía, por los rumores de la mañana siguiente, que se había llevado a mucha gente conocida, desconocida y a medio conocer. En sus rostros, en sus cuerpos, estaban los breves túneles de aquellas noches.

Los hijos de la dictadura dormían su sueño, su particular ensoñación infantil: en nuestros vagones había juegos, competencias, deportes, recolección de insectos. Mientras, los seres mayores buscaban conciliar el sueño y se imaginaban vagando por la noche, conversando asuntos serios con los amigos, encendiendo un cigarrillo frente a un café, hablando de las cosas de mañana y del mañana. Esta escena se repetía casi todas las noches, hasta que se transformó en un rito habitual, una fruta de goce, hasta que descubrieron que era una buena manera de volverse a dormir. Y se dormía bien, porque ya no había que soñar nada, pues todo lo que se podía soñar se hacía en desvelo, en ensoñaciones a plena luz del día.

Las luces de la noche se apagaban poco a poco. Los trenes y sus estallidos se iban marchando a lugares desconocidos. Desaparecían. Todo volvía a la calma y pronto se podía quebrar el desvelo. Aunque también había otras opciones para olvidarse del día: estaba permitido masturbarse frente al televisor, o bien, fornicar en silencio, que era otra forma de masturbación en pareja. Así fue como se originaron los hijos de la dictadura, así fue cómo llegamos al paraíso de los muertos. De este modo nuestros padres nos trajeron al mundo, desvelados, pornográficos, aburridos, vagabundos.

Sin embargo, no fuimos sus primeros hijos, quizás fuimos los últimos. Nuestros hermanos mayores habían nacido una década antes. Los admirábamos profundamente. Eran fuertes, grandes, y de costumbres extrañas. Salían de la escuela después del mediodía, pero llegaban a casa por la noche. Discutían con los padres y hablaban de no tener miedo: acusaban la cobardía de los mayores, maldecían a las luces de la noche, pateaban la puerta del cuarto, echaban el pasado a la basura y se metían a la cama para soñar.

Sí, soñaban, pues eran audaces. Sabían soñar y ensoñar, y dividían el mundo como a una baraja: por aquí los buenos, por allá los malos. No iban a la cama para desvelarse pensando en lo que pudieron hacer durante el día. Ellos planeaban en sus sueños lo que harían al siguiente. Y comenzaban a realizar su plan apenas despertaban. Resistían. Resistían y se volvían irresistibles.

Tal vez por eso, ellos eran la única película que podíamos ver claramente. Mientras de nuestros padres veíamos sólo sus sombras, de nuestros hermanos mayores lo veíamos todo: sus gestos eran de una transparencia asombrosa, sus movimientos totalmente descifrables, aunque sus lenguajes nos eran desconocidos del todo. Puede ser que por ese lenguaje ignoto los admirásemos todavía más, como a sacerdotes de una extraña secta. Y tratábamos de imitarlos, al menos en sus movimientos, para no seguir viviendo en el fondo de la sala de aquel cine, de aquella ceguera. Ellos eran esa luz que nunca se apagaba. Con ellos no había ganas de volverse a dormir.

3

Mientras nosotros seguíamos en las oscuras mazmorras de la escuela, ellos, envidiados, salían al mundo real. Aunque, quizás, ahora que lo pienso mejor, salieron a un mundo inexistente que ellos creían real: imaginaron libremente una sociedad a su medida, donde cada deseo tenía una realización posible, sin importar lo lejano que estuviese. Y nosotros seguíamos en una realidad sin salida: nuestros primeros sueños aún no vivían y sólo podíamos disfrutar de las fantasías infantiles de mundos lejanos, viajes intergalácticos, planetas desconocidos, robots que peleaban por el futuro del mundo. Nuestros hermanos mayores nos miraban con lástima: así eran los hijos de la dictadura, pensaban. Así eran estos alienados, estos hijos de la represión. Veían en nosotros una generación perdida, mientras ellos estaban llamados a ser la redención. “Sangre latina necesita el mundo, roja, furiosa y adolescente”, solían cantar y bailar entre sus pares. Nosotros también cantábamos, pero sin saber lo que estábamos diciendo.

En aquellas raras cárceles que eran o parecían ser las escuelas de la dictadura pasamos una parte importante de la infancia. El director de la escuela del barrio, un ex militar, nos saludaba cada lunes haciendo sonar sus talones y exigiendo aquel gesto de nuestra parte. “¡Firmes!”, nos gritaba por un megáfono. Nosotros nos poníamos firmes y veíamos ondular la bandera con la cordillera de fondo, siempre blanca, siempre fría y blanca como una piedra inexplicable. Luego entonábamos el himno, su quinta estrofa, el coro, y aquella otra estrofa que comenzaba por “Vuestros hombres, valientes soldados…”, que todos conocemos y hoy aborrecemos. ¡Pobre Eusebio Lillo! Nunca imaginó que su canción iba a ser un símbolo de la dictadura y el destierro. Escrita por él, quien también fuera desterrado por pertenecer a la Sociedad de la Igualdad, fue puesta en otro contexto, como si el pasado hubiese viajado a ayudar al infame presente de los ochenta. Y nosotros la cantábamos en una escuela pública que, además, llevaba el nombre del poeta.

De esos tiempos guardo una fotografía imaginaria: en medio o, tal vez, a un costado de esa enorme masa de vida, estaba yo, de pie y formado, mirando ondear esa bandera. No es fácil descubrir quién era: todos parecemos iguales, unos más altos, otros más pálidos, pero todos iguales. Y ahí estaba yo mirando ondear esa bandera. La estrella escondía sus puntas, al compás del viento, detrás de su mástil mal pintado, oxidado, y volvía a mostrar su imperfecto dibujo blanco, horrorosamente blanco, enceguecedoramente blanco. Era un día de sol. Pero estoy seguro, sin dudar, que era el último día de septiembre.

Los niños, como se sabe, gustan del anonimato. Los profesores nos consentían y, por ello, jamás quisieron aprender nuestros nombres. Crecíamos del uno al cuarenta y cinco y ese orden nos parecía bueno. Sí, tal vez por eso yo estaba a un costado o atrás de esa masa de huérfanos que éramos los hijos de la dictadura. Cuando la campana tañía era el primer símbolo del día: salíamos con toda la felicidad del mundo a correr por el patio, liberados al fin de ese calabozo. Las clases habían terminado. Pero pronto enfilábamos rumbo hacia el segundo símbolo: salíamos a la calle donde nos esperaban nuestros padres y familias con las manos ansiosas y abiertas, esperando recibir el milagro luminoso de la estrella solitaria. Buscaban su fulgor en nuestros rostros, la antorcha incandescente del saber. Pero los ojos traían un sombrero cerrado, ciego. Entonces, el tercer símbolo venía cerca, doloroso y veloz: éramos azotados en plena calle, sin piedad, sin consuelo. Los gritos eran otro símbolo al final del día. Los zapatos negros se arrastraban por el polvo, arando la tierra infértil gobernada por esa fulgurante estrella. Pedíamos piedad, pero nadie nos escuchaba.

Aquellos a quienes veo en esa fotografía, iguales a todos, recibieron esos tres dones del amor de aquellos años. Ahora, si abro los ojos puedo ver más, recordar más: cada uno de los cuerpos de mis compañeros comienza a fisionarse de aquella masa anónima. Puedo ver que ya tienen zapatos, rostros, corbatas y sombras; descubro la profundidad de sus ojos y las piedras que reposan detrás de sus nucas. Esa imagen nunca más se olvidará, pues ellos se fueron con su carga de símbolos por los caminos de la montaña, con los colores de la bandera, arrastrados por la sed y la sangre de los últimos insectos de todas esas tardes. Nunca olvidaré toda esa inocencia derramada por las calles del barrio.

Entonces, cuando las nubes enredaban la luz y cerraban su paso, llegaba el cuarto símbolo, el cuarto elemento de esta tierra que amábamos mientras ella nos maldecía. Era de noche. La gente volvía a sus nichos de vida, a alimentarse, a encender los televisores, a escuchar la radio. Estaban ocultos. Y las luces se apagaban para observar otros resplandores. Afuera, un poco antes, la tenue lluvia limpiaba todo. Tres bengalas auxiliaron, más tarde, las labores de la lluvia, alumbrando los techos, abriendo la tiniebla con su pupila brillante, buscando aquello que necesitaban. Los árboles se acariciaban y restregaban sus sucios brotes con el agua recién caída. Comenzaban los disparos, los silencios gritados debajo de las almohadas, la locura que se apoderaba de mi madre. Me deslicé hasta el borde de la ventana.

Dos cuerpos se movían apenas, intranquilos, con miedo, tirados al borde de mi calle. Dijeron algo, gritaron algo que no pude oír, justo antes de que se los llevaran a rastras con su poco de vida. La lluvia que se había detenido volvió a lanzar sus dardos. Ese cuarto símbolo cerraba el ciclo. Una mano tomó mi oreja y me fui con ella, sollozando, hasta mi cama. Creo que dormí profundamente, como todos los días. Nunca hubo un silencio mayor como el de aquella noche.

4

Yo no sé cuánto tiempo habrá durado aquella noche; tal vez días, años, silencios sin número. Pero cuando abrí los ojos por segunda vez vi ante mí un hormigueo de signos y sentidos, colores, formas, tierras, mares, que venían entre las manos viejas de mi abuelo. Eran una enciclopedia y un mapamundi. Tal vez en mi infancia tuve muchos días, mucho más que los que hubiese querido; pero estos dos nuevos amigos vinieron a acortar los días y a alargar las noches: noches de sueños, desmedidamente recordados y reordenados, con el claro e íntimo objetivo de la alegría y la tragedia, bordeando en la épica personal de quien cree saberse herido por todos lados y, finalmente, triunfante por sobre su miseria.

No interesa si esos sueños fueron reales o no. Quizás mi corta reflexión sobre ellos, nació producto de una seducción rápida e inconsistente. La consistencia es hija del lento pensar, de la gotera reflexiva; la seducción lo es del desbordamiento vital del que no nos tratamos de salvar. La unión de ambos polos, si se lograse en estas líneas, es lo que yo llamaría un ensayo, el sentido menor del término. Pero un ensayo no en un modo genérico, sino más bien en uno casual, amateur, necesitado y, como tal, marcado por el ritmo de la espera y la desesperación, la esperanza y la desesperanza por el oficio que elegí vivir y me propuse vagar por las cosas del mundo. Y mi vagabundeo comenzó con estos dos regalos.

Fueron estos dos objetos de papel los que me pusieron y me cargaron sobre sus hombros: la enciclopedia, mi primer gran libro, y el mapamundi, mi primer gran viaje. Así comenzó el segundo gran terremoto que volvió a abrir mis ojos, ya no sólo para ver el ambiente que me rodeaba, sino para soñar con las cosas que se agitaban más allá de las fronteras.

Leyendo esa enciclopedia llamada El campesino y el saber me enteré de las cosas del mundo más allá de mi barrio, de las cosas que pasaron cruzando el río. Era una enciclopedia destinada a la alfabetización de los campesinos en el proceso de la Reforma Agraria. No sé la razón por la cual esa enciclopedia llegó a mis manos en la década de los ochenta, cuando era un niño de entre 6 ó 7 años. Mi abuelo, quien jamás había comprado un libro en toda su vida (salvo una vieja Biblia que no leía, sino que cantaba) la traía entre sus manos con el cuidado que se le da a un tesoro. Olía a nueva, a pesar de llevar guardada alrededor de 20 años en una bodega de la INDAP; olía a página amarillenta nueva, como una moneda antigua que alguien enterrara en el jardín para ser descubierta por un niño. Y yo la estaba desenterrando y brillaba más que una moneda en la tierra oscura y húmeda. Así, mi lectura de aquella enciclopedia fue como una labor de espeleólogo: descubrí nuevos mundos, jamás hollados por mí; navegué por sus ríos a oscuras, vi especies que nunca imaginé. Ahora sé que la musa no sólo puede cantar al que escribe; también al que lee.

Cuando estiré por primera vez aquel mapamundi y lo fijé sobre el muro descubrí que había países más allá de La Chimba. Y no sólo eso: colores, continentes, mares, ríos, lenguas, monedas, poblaciones y banderas en que el mundo de dividía. Yo pensaba, antes de aquel mapa, que el mundo se llamaba Chile. Y que mi barrio también se llamaba Chile. Había escuchada hablar de otras regiones, pero siempre pensé que formaban parte de la fantasía de los adultos. Tomé mi enciclopedia y comencé a cotejar aquel mito derrumbado: el mundo se comenzaba a abrir como una naranja madura. Su jugo dividía los continentes en mares y resquebrajaba las ciudades en ríos y lagos; ponía semillas diferentes en la lengua de los hombres, y con su cáscara daba pieles distintas a las regiones. Ahí comenzó mi deseo por explorar aquellos infinitos países que levantaban sus manos cuando mis ojos pasaban por ellos.

Mi abuela y mi madre dicen que ahí fue, con ese regalo, que me comencé a ir del barrio, del país. No lo sé.

Ellas dicen que un día les dije que por qué estábamos tan lejos de todo, a la orilla del mundo, mientras los otros vivían en enormes extensiones y más cerca de las multitudes de países. No supieron responderme. O quizás lo hicieron con el viejo adagio: el desierto nos protege del norte, la cordillera del este y el mar de lo que venga del oeste. Éramos una isla mal hecha. Yo no me explicaba la necesidad de tanta protección, no sabía el motivo. Y todavía no lo sé.

Probablemente, es una épica que todavía no nos abandona: llegó con Ercilla y pasó por los siglos intacta y hasta tomó un paseo por mis cuadernos. “Somos los habitantes del fin del mundo”, me decían, “porque lo mejor está al final”, sonreían lejanamente. Pero para mí ese fin del mundo sólo me había dado polvo y piedras en una cancha de fútbol, un puñado de amigos pobres, perros vagos, basura repartida generosamente por las calles, castigos. Ésta era una región desértica, estéril, en que el viento abundaba sólo para agitar más la miseria y levantar el polvo de las esquinas para enterrarnos de nuevo; donde la tortura de la dictadura no se mantenía solamente en los cuarteles militares: también entraba en las casas, en los padres que castigaban duramente a sus hijos por la menor falta, por la más inocente broma. Nosotros, los hijos de la dictadura, éramos los grandes insultados, los insultados de raíz, desde siempre. Y yo no podía amar esto. Yo deseaba cruzar montañas, desiertos y mares para encontrar el verdadero mundo que vivía allá afuera, lejos de esa isla mal hecha.

Lejos estoy de saber si es cierto o no, pero tengo para mí el mito original que, desde la vieja enciclopedia y el mapamundi, comenzó mi deseo por leer y escribir. Y también mi deseo por largarme. No tengo pasta de mártir, solía repetir a mi familia, a mis amigos. Sin embargo, me he martirizado día a día con estos recuerdos como hijo de la dictadura, hijo de un barrio, hijo de La Chimba. Hasta que decidí dejar de ser, hace algunos años, un escritor sin escritura, un fantasista profesional, un fantasma vivo que arrastra sus cadenas por los estrechos pasajes de su barrio.

Pero no es fácil escribir, sobre todo si se refiere a nuestro pasado, a nuestra infancia. Los hijos de la dictadura estamos cansados, pues somos hijos de nuestro tiempo: nacimos desvelados, pornográficos, aburridos y vagabundos. Nadie creía en nosotros ni nosotros mismos, pero tampoco creíamos en ellos, en los mayores. Quizás los hijos de la dictadura todavía vivimos escondidos detrás de los árboles, con aquel miedo a la obsolescencia del mundo. Quizás yo, oculto, temeroso, nublado y lejano estoy escribiendo este memorial que jamás tocará, tal como lo deseo, las médulas del prójimo con mis propios huesos: que mi crecimiento, que mi abandono del barrio, que los terremotos, enciclopedias y mapamundis fueron en vano. Que nunca recobraré con mi escritura los pasos ya dados y perdidos en un país lejano.

México D.F. – Winnetka, Illinois, 12 julio de 2011.

(De Memorial del norte de La Chimba, inédito)

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