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by Robert Fludd (ca. 1620)

El destino siempre me trae antiguos y extraños libros, aunque esto no sea sino una excusa para decir que mi ojo está más o menos atento a las hoy consideradas rarezas bibliográficas del pasado. El goce al encontrar estos frutos de la mente humana –o de ciertas y singulares mentes humanas– es en mí extremo, aunque muy pronto da paso a un feliz e infantil asombro. Y este asombro no tiene que ver solamente con atestiguar las curiosas y a veces estériles indagaciones en que se enfrascaron los antiguos; también, y más que todo, el asombro que siento está relacionado con lo que percibo como una positiva desfachatez y admirable libertinaje intelectual que era común en aquellos siglos.

Así, los grandes trabajos del conocimiento eran ensayos, maravillosas obras en las que más que comprobar fenómenos mediante números o fórmulas se ponían a prueba por el ingenio y la libertad de sus analogías. La ciencia todavía no se hacía de un guardián, el método; la imaginación poética corría ligera y desbocada por las ideas. Quizá nunca estuvo más cerca la observación natural y la poesía, como si fuera el último suspiro –que durará algunos siglos más, sin duda– de un mundo que no deseaba o no podía distinguir entre ‘lo real’ y ‘lo figurado’.

Como hoy, pienso, los hombres y mujeres de ciencia están demasiado ocupados en sus laboratorios, en cálculos y tecnología, ya no se ven tales invenciones. Los poetas, por su parte, tampoco parecen interesarse mucho por el mundo natural; se vuelcan casi exclusivamente a la lectura de poesía y de ahí sacan sus experiencias poéticas, como antes la extraían de la geografía, de los pájaros o de los bosques (como en aquel famoso verso de Baudelaire: “Grands bois, vous m’effrayez comme des cathédrales”). Quizás por eso me gusta ir hacia las fuentes de esa memoria, buscando algunos tomos que me hagan ver el mundo de hoy bajo paradigmas diferentes. Como si pudiera volver a conectar un mundo roto y encontrar caminos viejos que llevan a partes que hoy son poco visitadas. La novedad a veces consiste en re-viajar, re-leer: recordar.

Fue así como buscando libros relacionados con una obra curiosa, originalmente escrita en latín por Thomas Muffet, The Theater of Insects, Or Lesser Living Creatures, el primer texto escrito en Inglaterra sobre historia natural y publicado póstumamente en inglés en 1634, me encontré con un singular libro. De su autor solamente quedan sus iniciales, A. T., quien fue, cómo lo dice, practicante de medicina. Su largo título es el que sigue: A Rich Store-House or Treasury for the Diseased: Wherein, are Many Approved Medicines for Divers and Sundry Diseases, Which Have Been Long Hidden, and not Come to Light Before This Time; Now Set Foorth for the Great Benefit and Comfort of the Poorer Sort of People That are not of Abillitie to Go to the Physitions, by A. T. practitioner in physicke (London, 1596). En castellano sería algo así: Rico depósito o tesoro para el enfermo, en donde hay muchas aconsejadas medicinas para diversas y variadas enfermedades que han estado largo tiempo ocultas y sin ver la luz hasta nuestros días, ahora descritas para gran beneficio y consuelo de los más pobres que no pueden ir al médico. Escrito por A. T., practicante de medicina. Londres, 1596.

De los más de 260 capítulos (se pueden encontrar aquí), dos me interesaron: el 144 y el 145. Tratan, respectivamente, de las cosas buenas y malas para el cerebro. A continuación los transcribo y traduzco al castellano.

Cap. 144 / A Rule to knowe what things are good and [w]holesome for the Braine:

+To Smell to Camamill, +To eate Sage, but not overmuch, +To drinke Wine measurablie, +To keepe the Head warme, +To washe your Hands often, +To walke measurablie, +To sleepe measurablie, +To heare little noise of Musicke or singers, +To eate Mustarde & Peper, +To smell the savour of Red-roses, & to washe the Temples of your Heade often with Rose-Water.

Cap. 145 / These Thinges are ill for the Braine:

+All maner of Braines, +Gluttony, +Drunkennes, +Late Suppers, +To sleepe much after meate, +Anger, +Heavines of minde, +Stande much bare headed, +Corrupt Aires, +To eate overmuch or hastely, +Overmuch heate in Travaylinge or Labouringe, +Overmuch Watching, +Overmuch Colde, +Overmuch Bathing, +Milke, +Cheese, +Garlicke, +Oynions, +Overmuch Knocking or Noise, & to smell to a white Rose.

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Capítulo 144 / Regla para saber qué cosas son buenas y saludables para el cerebro:

+Oler manzanilla, +Comer salvia, pero no demasiada, +Beber vino con moderación, +Mantener la cabeza tibia, +Lavarse las manos a menudo, +Caminar moderadamente, +Dormir moderadamente, +Escuchar poca música o cantantes, +Comer mostaza y pimienta, +Oler el aroma de rosas rojas, +Limpiar las sienes de la cabeza con agua de rosas.

Capítulo 145 / Estas cosas son malas para el cerebro:

+Todos los tipos de cerebro, +Glotonería, +Ebriedad, +Cenas tarde, +Dormir mucho después de comer carne, +Ira, +Cansancio mental, +Estar mucho con la cabeza descubierta, +Aire contaminado, +Comer demasiado o apresuradamente, +Sobrecalentamiento en el trabajo, +Ver en exceso, +Frío excesivo, +Bañarse demasiado, +Leche, +Queso, +Ajo, +Cebollas, +Demasiado ruido, +Oler una rosa blanca.

Sobre la sección de cosas buenas para el cerebro uno puede estar más o menos de acuerdo, no tanto por saber con certeza qué es directamente bueno para él, sino por ser cuestiones agradables para buena parte de la población. Por ello no hay mucho que decir al respecto. Sobre las cosas malas la cuestión cambia. Con “todos los tipos de cerebro” seguramente el autor se refiera a comer sesos de animales; comer y beber contiene 11 artículos de esta lista de 21, es decir, más de la mitad. Obviamente, la lista es arbitraria, aunque ajustada al sentido común de épocas antiguas en la que llevar la cabeza cubierta y bañarse poco era lo usual. ¿Pero qué hay de malo en oler una rosa blanca?

Hay solo una cosa que se me ha ocurrido para ensayar una conjetura (bastante rebuscada) ante esta drástica aseveración. Tiene que ver con un asunto histórico de mediados y finales del siglo XV en Inglaterra, poco más de un siglo antes de la publicación del curioso libro de medicina. Es el episodio bélico llamado War of the Roses, que llevó a enfrentarse a dos casas dinásticas por el trono del reino: la casa de Lancaster y la de York. Esta última tenía como símbolo la rosa blanca y fue la derrotada en esta lucha por el bando de la rosa roja, comandado por Henry Tudor, que aparece como símbolo de Lancaster en Henry VI de Shakespeare (o como profetiza el “Yorkist” conde de Warwick: “And here I prophesy: this brawl to-day,/ Grown to this faction in the Temple Garden,/ Shall send between the Red Rose and the White/ A thousand souls to death and deadly night”, act.2, esc. 4). El último rey de York, el famoso Richard III, quien inspiró la tragedia shakesperiana homónima, murió, como se sabe, en la batalla de Boswirth Field el 22 de agosto de 1485, en manos de las tropas de Henry, futuro rey de Inglaterra. Montado en un caballo también blanco –tal vez como una forma de simbolizar la rosa de la casa de York– fue asesinado arteramente. Se contaron 11 heridas, 8 de ellas en el cráneo, como han arrojado recientes investigaciones. Así, el pobre Richard comprobó en carne propia que las espadas son, sin duda, más dañinas para el cerebro que las rosas blancas.

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¿Será esta historia una explicación posible para la aseveración del autor de este extraño libro? ¿Será una muestra de lealtad a la dinastía Tudor que gobernará hasta 1606 el rechazo a las rosas blancas como malas para el ser humano y su preferencia por las rosas rojas? ¿O será que la respuesta va por otro lado, al ser estas rosas blancas un símbolo mariano arraigado en el catolicismo del pasado y rechazadas en un presente protestante? No tengo ni la menor idea. De seguro que hay algo que se me oculta y que viene, quizá, por el camino de la alquimia, ciertamente vigente en aquella época. Solo me queda el goce de haberme encontrado con una singular obra, escrita para aliviar a la salud de los más pobres, llena de curiosos consejos para cuidarse de las enfermedades, como estos dos capítulos dedicados a lo bueno y a lo malo para el cerebro.

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