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Hace muchos años, en los bordes de la lengua que un lago había alargado más allá de su boca, vivía un pez blanco, fantasmal. Se acercaba silenciosamente desde su ventana de agua para observar mi mirada sobre la tersa ondulación de aquella lengua y la neblina crepuscular que bajaba a humedecerla con las aguas del mar. Ese pez blanco abría sus enormes ojos y, quizás, podía oler mi hambre y mi deseo de matarlo y acostarlo sobre las uñas del fuego. Pero yo no tenía opción: sólo una piedra y un hilo eran el espejismo con el que quería capturarlo y traerlo conmigo.

Era mi propio espejismo, el espejismo del pescador. El fantasma bajo las aguas no parecía inquietarse y se movía como un buque hundido, lentamente, y con los ojos puestos sobre lo que habitaba más arriba de su superficie. Era verano y yo era más joven que un ciervo.

Yo, por esos días, salía a recorrer los leños caídos, la caspa de los árboles, todo aquello que mostraba la mayor ruina de una naturaleza de peces fantasmas que me perseguían. Sabía, sin necesidad de mirar la orilla, que él estaba ahí, siguiendo mis pasos por la comisura de tierra que rodeaba su ventana. Cogía los restos de la madera que los mosquitos derribaron en el transcurso de años y años, tal vez de siglos, para que yo pudiese tomarla como un timón de vida y encenderla bajo una olla todavía vacía.

La caza de peces y de leña son unos de los trabajos más antiguos, pensaba en aquellos años. Y me ufanaba de repetir esa frase y decirla en voz alta, como para que el fantasma me escuchara y sintiera que yo reafirmaba mi condición terrestre. Un pez es un silencio. Pero también había un sonido y un dolor que merodeaban: los insectos voladores podían entrar su aguijón por mi cuello y yo no hacía nada. Eran tantos que me parecía ser atacado por una sinfonía de alas calurosas, de la que yo era un motivo dentro de su espejismo de sed y sangre. Sus pizzicatos no callaban y parecían multiplicarse. Como víctima, yo era el paradigma del hombre inerme en la naturaleza. Sólo me quedaba hacer fuego y dormir cerca de él. El fantasma del lago me mostró por última vez sus ojos en medio de la tenue penumbra y me dormí en el miedo que esparcen los frágiles y repentinos sonidos de la noche.

La cabeza de un gallo abrió las nubes. Era un día distinto a los otros en los que yo acostumbraba despertar. La imagen verde del agua, contaminada de árboles, la disminuida espuma que se desgranaba en el mar y el polvo inmóvil y aplastado en la tierra, figuraban un día distinto, una naranja partida en medio de mi boca, una ausencia de las múltiples divisiones de minutos. El blanco pez que ayer me visitó se había fugado a otra ribera. Era un día distinto, sin duda, con preguntas nuevas. Lo esperé por largas horas en la orilla.

Big Fish eat Little Fish (Pieter Bruegel the Elder)

Big Fish eat Little Fish, 1557 (Pieter Bruegel the Elder)

Abrí un libro, no recuerdo cuál, en una página cualquiera. Nada había acerca de peces o de leña. Recordé, entonces, una imagen de Bruegel el Viejo y me puse a soñar el día en que el visitante se amarraría un par de piernas, saldría con un hermano o hijo en su boca y lo compartiríamos al fuego. Mientras, hablaríamos sobre ambos mundos y las extrañas divagaciones que tuvimos aquella tarde. Yo le hablaría de las ciudades que habían más allá de estas nubosas aguas y él de los ríos, lagos y océanos que todavía no conozco; de sus habitantes, accidentes y noches, de los frutos y de los árboles de cristal de roca. Sería un gran día.

La bruma del crepúsculo volvió a caer sobre Budi. Me recosté sobre la hierba, arropado con su sábana. Miré al cielo, buscando las piedras de calcio que muy lejos comenzaban a aparecer. No recuerdo cuál fue el último pensamiento de aquella noche, ni si hubo una luna grande, esa que levanta los mares y trae a los cangrejos a dormir en la arena.

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