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Alma Reed y Felipe Carrillo Puerto

Este escrito trata sobre lo que se esconde tras el nombre de una calle, una de las muchas que conocí en mi vida mexicana. Yo tenía dos favoritas en el Distrito Federal: una de ellas, por la que me gustaba llegar al centro de Coyoacán, era Francisco Sosa. La segunda era Carrillo Puerto. Si bien la primera era de una belleza máxima, la segunda ofrecía cosas que aquella no tenía: un par de buenas librerías de viejo (también una Gandhi) y lugares donde echarse unos buenos tacos. Hace dos años que dejé mi vida mexicana, aunque la sigo viviendo a mi manera: recuerdos, sueños, conversaciones, las típicas epifanías profanas de un mundo vivido y amado.

Así fue como, leyendo una introducción a la obra de Benjamin Franklin, para encontrar más pistas y conexiones de las traducciones que José Antonio de Alzate y Ramírez -destacado científico novohispano- hizo de algunos escritos de Franklin, me acordé de que alguna vez anduve tras un breve texto de no más de dos carillas sobre el científico novohispano Alzate y Ramírez, llamado “Jose de Alzate y Ramírez: Mexico’s Ben Franklin”, escrito por Alma Reed. El epíteto dado en el título del artículo bastó para encender mi curiosidad: para mí también Alzate era para México lo que Franklin para Estados Unidos. Este brevísimo trabajo es casi imposible de encontrar y sólo la American Philosophical Society de Pennsylvania guarda una copia. ¿Y qué tiene que ver la calle Carrillo Puerto en todo este asunto?

Alma Reed fue una periodista famosa que dedicó buena parte de su vida a denunciar el sufrimiento de muchos inmigrantes mexicanos que vivían en California. Incluso, según se dice, consiguió (mediante sus artículos periodísticos) que un muchacho mexicano de 17 años no fuera castigado con la pena de muerte. Es más: gracias a sus esfuerzos algunas leyes punitivas fueron derogadas. Su lucha le valió una invitación a México, extendida por el presidente Álvaro Obregón. Esa era, muy resumidamente, Alma Reed, la autora de aquel deseado artículo. Pero, ¿qué hay de Carrillo Puerto?

Gracias a esta suerte de fracaso en conseguir el texto, seguí buscando por todas partes más detalles sobre la vida de Alma Reed en México. Y algo apareció. Ella estuvo comprometida con Felipe Carrillo Puerto (sí, el del nombre de la calle), en ese entonces, en los años 20, gobernador de Yucatán. Con él recorrió buena parte de aquel hermoso estado. Después de este recorrido, y de haber escuchado testimonios acerca del saqueo arqueológico sufrido por Yucatán, en manos del arqueólogo Edward H. Thompson, escribió un artículo denunciando el robo del patrimonio yucateco que había sido vendido al museo Peabody de Harvard University. Este escrito causó gran escándalo en este país y valió que la universidad devolviera, avergonzada, alguna de estas piezas históricas.

Sobre el amor entre Alma Reed y Carrillo Puerto, nacido en tierras yucatecas, se han escrito incluso libros (Passionate Pilgrim: The Extraordinary Life of Alma Reed,1994, por Antoinette May) y una compilación de los escritos de la periodista (Peregrina: Love and Death in Mexico, 2007). Todos hemos escuchado aquellas típicas comparaciones entre las relaciones amorosas del pasado (románticas, paulatinas, “aboleradas”) y las del presente (inmediatas, inconstantes, nihilistas). Como buen cliché, algo de razón tienen. Quizás nadie se atrevería hoy en día a escribirle una canción al ser amado, o encargar una; a lo más, algunos habremos escrito poemas, poemitas, que con el tiempo se transformaron en un testimonio vergonzoso de la idealización (o idiotización) que vivimos frente a lo que antes se denominaba como “la razón de nuestros desvelos.” Carrillo Puerto era de esos hombres del pasado, en tiempo y sentimientos: el llamado “apóstol rojo de los mayas”, mandó a componer una canción a su novia, llamada Peregrina, escrita por Luis Rosado Vega y música de Ricardo Palmerín. Así cuenta Rosado Vega el nacimiento de la canción:

La letra fue simple consecuencia de una lluvia primaveral. Llovió copiosamente una tarde, y esta lluvia auspició una noche espléndida. Teatro, la Casa del Pueblo durante un festival. Concluido éste, nuestro inolvidable Felipe Carrillo Puerto, Alma Reed –la singular, por bella, periodista norteamericana, pero del sur de los Estados Unidos, o sea de San Francisco, California– y yo debíamos asistir a un convivio en la casa del maestro Filiberto Romero, director de la Escuela de Música. […] En el auto iba Alma sentada entre Felipe y yo. Entramos en el suburbio de San Sebastián. Con el aguacero de la tarde la tierra había abierto sus entrañas, y despedía de ella misma ese grato y sugestivo aroma de la tierra cuando acaba de ser fecundada por la lluvia. […] y Alma dilató el pecho como para absorber a pleno pulmón aquellas fragancias y dijo: “¡Qué bien huele!” Le salí al paso con una frase simplemente galante: “Todo huele bien porque usted pasa. Tierra, flores, quisieran besarla y por eso llegan a usted con sus perfumes.” Dijo Felipe al punto: “Eso se lo vas a decir en un verso.” Contesté: “Se lo diré en una canción.” Alma rio argentinamente. Así reía. Concluido el convivio y ya en mi casa, compuse la letra. No podía olvidar a Palmerín. En la mañana siguiente lo busqué y se la di. Dos días después ya había nacido la canción. Y eso fue todo.*

La boda entre Alma Reed y Carrillo Puerto fue acordada: sería en San Francisco, la ciudad natal de la novia. Y es aquí cuando, como buena historia romántica, viene a tocar la puerta la sorpresiva tragedia: mientras Reed se fue a preparar la boda con Carrillo Puerto a la ciudad californiana, el gobernador de Yucatán (medio maya, como por ahí he leído) era asesinado por la gente delahuertista en Mérida, la madrugada del 3 de enero de 1924.

Peregrina

Peregrina de ojos claros y divinos
y mejillas encendidas de arrebol,
mujercita de los labios purpurinos
y radiante cabellera como el sol.

Peregrina que dejaste tus lugares,
los abetos y la nieve, y la nieve virginal,
y viniste a refugiarte en mis palmares
bajo el cielo de mi tierra, de mi tierra tropical.

Las canoras avecitas de mis prados
por cantarte dan sus trinos si te ven,
y las flores de nectarios perfumados
te acarician y te besan en los labios y en la sien.

Cuando dejes mis palmares y mi sierra,
peregrina del semblante encantador,
no te olvides, no te olvides de mi tierra;
no te olvides, no te olvides de mi amor.*

 

No comentaré esos horribles y desacertados apelativos de mujercita, o eso de labios purpurinos, nieve virginal o nectarios perfumados. Por lo general, las letras musicales (por cuestiones de ritmo, difusión masiva u otras que desconozco) van a la zaga de las artes con las que les toca convivir. Pero hay una cosa cierta, en la que Rosado Vega no se equivocó: Alma Reed no se olvidó de México jamás. Siguió promoviendo el arte mexicano desde los Estados Unidos, hasta, finalmente, volver a México y residir hasta sus últimos días en el Distrito Federal. Allí murió en 1966.

Creo haber leído por ahí que sus cenizas fueron llevadas a Mérida, por expresa petición testamentaria, para descansar junto a los restos de Carrillo Puerto, aquel malogrado gobernador que dio nombre a esa bella calle que me gustaba recorrer en mi vida mexicana. El final de esta historia me parece lo suficientemente romántico y lo acepto como verdadero. No hay más. Y, quizás, tal como tuve la fortuna de encontrarme con esta historia gracias a un fracaso bibliográfico, tenga la suerte de encontrarme el artículo de Reed buscando otra cosa.

Princeton, 26 de Mayo 2013

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