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Marines rest in the field on Guadalcanal

Conocí a Jerry en el último invierno de su vida.

Antes de visitarlo en su casa y verlo por primera vez, observé que en la entrada había un dálmata de cerámica, casi de tamaño natural. Nunca había visto algo así, lo cual me reconfortó y me alegró íntimamente: mi infancia no estaba perdida, pues aún había objetos en el mundo que me conmovían. Sentado espléndidamente en sus patas traseras, el dálmata de Jerry tenía una actitud estoica y radiante. No podría decir que era una imagen feliz; la felicidad es algo pasajero que puede durar años, pero no toda la vida. Quizás era ni más ni menos que la copia de una eternidad finita. Por delante de sus ojos pasaron muchos otoños, soles, estaciones de nieve, lunas, ardillas y visitantes. Me contaron que aquel dálmata permaneció por años en ese mismo sitial, que era la réplica exacta de uno verdadero, llamado Gomes. Gomes murió, como mueren todos los seres de aire. Pero su espejo permaneció ahí por mucho tiempo más, incluso años después de que Jerry falleciera. Acaricié su cabeza (como lo hice en cada visita) y entré. La nieve de Winnetka siguió cayendo a mis espaldas.

El primer regalo que recibí en estas tierras vino de Jerry. Una bella corbata marrón –como le gustaban a mi abuelo– salió inesperadamente a mi encuentro. Junto con ella, escrita con la letra temblorosa que graban los años, una tarjeta de bienvenida. “Welcome to Chicago”, se podía leer claramente. A pesar del escalofrío que recorría a cada palabra, las líneas de ida y vuelta, los arpegios, las columnas descendentes y ascendentes, apígrafes, espinas y espolones, me hicieron comprender que estaba frente a un hombre que había pasado por la vieja escuela de la caligrafía. Tal vez sus años en Dartmouth (de cuyo edificio guardaba una enorme fotografía) reforzaron el arte de su escritura, en aquel tiempo en que los judíos, como él, tenían cupos restringidos para integrar los salones universitarios. “Welcome to Chicago”, repetí en silencio. Él lo dijo en voz alta. Debo decir que si el viento fuera papel, la voz de Jerry sería tan caligráfica como su escritura.

Luego dijimos algo; supongo que fue lo propio del ritual de los saludos y de las preguntas típicas a quien viene de afuera. De todas formas, no creo que yo hubiese podido decir mucho: mi espantoso inglés de ese momento y la timidez de quien tiene conciencia de no estar hablando ninguna lengua en particular, no lo hubiesen permitido. Si bien no recuerdo de qué trató esta primera conversación, tengo frescas aquellas fotos que me mostró: viajes por Grecia, España, Japón, y por los colores de México, quizás de una plaza de Coyoacán. Jerry había viajado mucho, ya sea por placer o por negocios; la venta de relojes lo llevó por varias ciudades de Estados Unidos y también de Asia. Pero el viaje más importante de su vida no fue de placer ni para visitar bellos lugares. Corría el año de 1942.

La guerra, inventada por los viejos y los poderosos para que los pobres y los jóvenes reciban la muerte, llamó a muchos de la generación de Jerry. “Tout meurtrier est puni, à moins qu’il n’ait tué en grande compagnie, et au son des trompettes”, decía acertadamente Voltaire en la entrada sobre el Derecho de su Dicctionaire Philosophique. Tal vez Voltaire era sólo un sarcástico nihilista, pero es difícil no estar de acuerdo con él. No sé si Jerry pensaba lo mismo. Para muchos, como para él, la Segunda Guerra no fue una simple masacre legal al son de las trompetas o una lucha por el poder y la subyugación de otros pueblos, sino la última lucha acompañada por ideales de libertad. Es probable que Jerry, envuelto por las fanfarrias democráticas de esos años, la creyera así. Pero si hubo algo seguro fue que su odio al nazismo lo enlistó en el frente, aunque no pudo viajar hasta aquella Europa enferma como tanto deseaba. Quería ver cara a cara a los soldados alemanes. Quería oír los gritos de rendición en esa lengua constipada que tanto odiaba, tanto como a Henry Ford. Pero fue puesto en el mar, cuando tenía 25 años, a bordo del portaviones USS Wasp (CV-7). Esa fue su única navegación por las aguas del Pacífico.

En ese tiempo de nuestro primer encuentro yo fumaba cigarrillos. A modo de confesión, quisiera agregar que, a pesar de mi vicio, nunca fui un fumador convencido. Me gustaba hacerlo, siempre me había gustado el sabor del tabaco. Desde niño me gustaba oler las colillas que encontraba tiradas por ahí. Siendo ya un adolescente, decidí encender uno por primera vez. Más grande, me convertí en un fumador profesional. Claro, en ese tiempo pensaba que lo que fumaba era tabaco. Con los años comencé a pensar que fumar cigarrillos era como beber para emborracharse, casi como lo haría un alcohólico: el puro gusto era una cuestión secundaria, sólo un primer impulso. Pero en esos años fumaba cigarrillos y disfrutaba de aquel placer culpable.

Como correspondía a un amante de la nicotina, no pensé dos veces mi deseo por quemar uno. Salí de la casa de Jerry y me fui a parar junto a la réplica de Gomes. Allí seguía, mirando la nieve, despreciando a las ardillas que brincaban de un lado a otro dejando pequeños rastros. Los pájaros, sin excepción, se asomaban en pijamas desde las ramas cubiertas de blanco, lanzando agudos y vibrantes bostezos. Encendí mi cigarrillo y miré hacia el cielo sin fondo. Mientras fumaba, no sé por qué motivo pensé que la soledad de aquel invierno se parecía demasiado a los veranos de mi infancia. Le ofrecí la última pitada al dálmata y entré.

Cuando Jerry se enteró de mi vicio sonrió. Me contó que dejó de fumar de un día para otro, cuando se dio cuenta de que tenía encendidos diez cigarrillos al mismo tiempo y por toda la casa. Eso había sido mucho, me dijo. Pero no se arrepentía de haber sido un fumador empedernido. “Smoking saved my life, Francisco. I’ll tell you why…” y sonrió. Nos sentamos y hablamos de aquel suceso.

“Ya sabes, yo quería pelear en el frente europeo; lamentablemente, no fue posible. Nos enviaron al Pacífico, a bordo de USS Wasp, para pelear contra los japoneses. Nunca había puesto antes un pie sobre un barco. Me puse bajo las órdenes de los superiores y ordené a quienes estaba bajo mi mando. Uno de aquellos días (de los seis meses que duró la batalla de Guadalcanal) estábamos en un rato de ocio. Los muchachos y yo nos fuimos a la sala de esparcimiento. Allí estaba casi toda la tripulación. Algunos jugando póker; otros simplemente riendo de chistes o hablando de cosas graciosas. Había que mantener el sentido del humor.

“Debo decir que el ambiente era de total relajo; una espesa nube de humo cubría nuestras cabezas, hoy algo impensado en este país, donde fumar es el mayor delito del mundo. Pero nosotros éramos hombres del pasado. En una de esas mesas estaba yo, fumando y divirtiéndome. Cuando al correr de los minutos me di cuenta de que sólo me quedaba un cigarrillo me levanté para ir a buscar más. Nunca fui bueno para dejar que otros mantuvieran mi vicio. Los muchachos me ofrecían de los suyos, pero no acepté. Da lo mismo, decían, y era cierto. La Armada nos regalaba cajas y cajas de cigarrillos, cuyos paquetes estaban envueltos con propaganda de la guerra. ¡No sabes cómo nos ayudaba fumar! Como te digo, me levanté, a pesar del ofrecimiento de los muchachos, y fui a mi cuarto por más cigarrillos. Bajé las escaleras rápidamente. Y cuando abrí la pequeña puerta de mi recámara escuché y sentí algo terrible: un ruido atroz y profundo, que tal vez duró minutos, y un remezón casi simultáneo que me tumbó por el piso.

“Apenas pude ponerme de pie, intenté buscar el origen de aquello que yo pensé había sido un ataque. Todos los indicios me llevaron al salón donde estaban los muchachos. El humo espeso, ya no de los cigarrillos, confirmó mi pensamiento: había sido un ataque, un letal ataque. En ese ambiente no se podía ni ver ni respirar. Traté de buscar un lugar libre de humo, tomar aire y partir rumbo al salón. Las llamas lo consumían todo y, por debajo de ellas, los gritos de auxilio de los pocos que habían sobrevivido. Cuando logramos reunirnos los sobrevivientes nos dedicamos a la horrible labor de juntar los cuerpos o lo que quedaba de ellos. Pero pronto tuvimos que lanzar las lanchas al mar: el portaviones se estaba comenzando a hundir. Y una vez en el mar vimos un número infinito de cuerpos flotando sobre las aguas que comenzaban a enrojecerse; eran verdaderas islas humanas. Como pudimos los llevamos hasta la playa más cercana y los dejamos en la arena. Y así, poco a poco, íbamos por más y más, hasta que recibimos la ayuda de otros compañeros que estaban en tierra firme.”

Jerry se emocionó en su relato. Pero no dejó que la tristeza impusiera sus condiciones. Rápidamente agregó: “Por eso te decía que fumar me había salvado la vida.” Sonrió y nos levantamos. Era la hora de la cena. Ya era Navidad.

La segunda vez que vi a Jerry fue la última. Era verano. Los pájaros lucían su plumaje desnudo sobre las ramas pobladas de verde; las ardillas husmeaban con su precaución habitual cualquier semilla o insecto. Mientras tanto, la esfinge canina seguía allí con la postura de siempre, mirando el fondo invisible de las cosas. La saludé de pasada. Subí las escaleras.

Acostado en su cama, Jerry me recibió con su calidez habitual. No tenía ánimo para estar de pie. Supe que él había escapado de la muerte un par de veces más después de aquel suceso en Guadalcanal: había derrotado un cáncer y otras enfermedades, pero el desgaste de aquellas luchas terminó por pasarle la cuenta. Él lo sabía, aunque siempre estaba de buen ánimo. “Terrific!”, me respondió entusiasta cuando le pregunté cómo estaba. Me lo dijo sin ironía alguna, aunque sabía que se estaba muriendo. Jerry no dejaba de sonreír y de decir cosas graciosas, mientras revisaba los numerosos diarios que le traían hasta su cama. De ellos había sacado un pequeño recorte que me mostró. “It is about a Chilean writer, Roberto Bolaño. Somebody translated his book into English, which has numbers instead of letters”, dijo risueñamente, mostrándome la imagen de la portada. Sonreí con él. “What do you think about Bolaño?”, me preguntó. “I’ve never read him”, le respondí. Luego continuó hablando en contra de los republicanos, enojándose con las estupideces que habitualmente dicen, de lo bueno que era tener de presidente a un tipo como Obama. Más tarde supe que él había salido varias veces a marchar por las calles junto con los negros, en apoyo a la igualdad de derechos. Ya viviendo en este país, me enteré de otras cosas: que el gran cambio se dio sólo en las formas y que, como mi país natal, éste es un lugar de ghettos bien o mal disfrazados.

Esta vez mi visita fue más corta que la anterior: un largo viaje al sur del mundo me esperaba. No obstante, antes de despedirnos, le recordé que en el Año Nuevo pasado habíamos cantado un bolero, mientras bebíamos una copa de champaña con el resto de la familia. “Bésame, bésame mucho”, cantamos nuevamente. Todos los presentes rieron. Antes de marcharme, me felicitó por mi inglés, pues había mejorado mucho. De más está decir que me alegró la noticia. Nos dimos el último apretón de manos. Yo no intuí que ésa iba a ser la última vez que lo vería, aunque sabía que estaba muy enfermo. Sin contarle a nadie, Jerry había decidido no seguir viviendo.

Una semana más tarde hablamos por teléfono; fue nuestra última conversación. A pesar de que a él no le gustaba mucho hacer o recibir llamadas, hablamos largamente. Sin duda, fue una licencia que se dio (y un regalo para mí) a modo de despedida. Me preguntó por mi familia, por el clima, por los árboles; de cómo era el invierno en mi país, si llovía, si nevaba. Preguntó si estábamos bien, si nos estábamos divirtiendo. Se alegró mucho de que todo estaba en orden. Le dije que pronto esperaba verlo, apenas volviésemos a Chicago. Dijo que se alegraría mucho de recibirnos. Cuando colgamos, Jerry continuó su camino. Yo, el mío, por las húmedas y grises calles del Santiago invernal. Días más tarde, recibimos la noticia de su dolorosa agonía; uno o dos días después, el de su muerte.

Jerry dejó al morir una caja de madera. En ella guardaba algunos de sus tesoros. De vuelta en Chicago, pude descubrirlo: la cajetilla de cigarros, con la imagen de un barco de guerra, quizás aquella que le salvó la vida; uno de los relojes que lo llevaron a recorrer una parte del mundo; una fotografía junto con su esposa, partiendo con una mano el pastel de boda, mientras que con la otra sostenía su por esos años infaltable cigarrillo. Al ver ese conjunto de recuerdos, pude ver fragmentos de la vida de Jerry; estos fragmentos eran también las pruebas de su historia contada. Recordé su anécdota de la guerra, la fortuna que tuvo al ir por sus cigarrillos, la corbata marrón, la tarjeta de bienvenida con su letra temblorosa, sus viajes. Su museo personal era un disparador de mi memoria sobre nuestros escasos encuentros. Ante aquellos objetos, comprendí que el tiempo, más que extensión, tiene profundidad, como el fondo de una caja inmensa o como el espacio en el que viven y por el cual se mueven los planetas, los animales celestes y los bosques solares que estiran sus raíces.

Es verdad que en ese pequeño baúl había muchas cosas más, aunque no las recuerdo todas. Pero una de ellas era muy significativa: la fotografía de Jerry junto a Gomes. Sentado en un amplio sofá estaba él, con menos años que cuando lo conocí. Sobre su rodilla descansaba la cabeza de aquel dálmata, dormitando. No sé por qué, pero en ese momento, viendo aquella imagen, pude sentir la profunda soledad de aquella réplica apostada en la entrada de la casa. Seguía allí, estoica, cuidando a alguien que ya no estaba. Jerry había muerto. Cuando no haya más hombres sobre la tierra, pensé, las cosas, los objetos que construimos para llenar nuestros vacíos o necesidades, conformarán un museo de la humanidad para visitantes desconocidos y darán fe de que alguna vez existimos.

Princeton, 11 de septiembre de 2012.

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