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En los ratos de ocio (que ahora son muchos) me he puesto a traducir un escrito de Mark Twain, llamado “Birds with a Sense of Humor” (también conocido como “Jim Baker’s Blue Jay Yarn”). El protagonista es un blue jay, pájaro con quien muchas veces me he cruzado paseando en bicicleta por el camino del Delaware and Raritan Canal de Princeton. Nunca antes había reconocido esta ave, sino poco tiempo atrás, y gracias a mi amigo Gonzalo Aguirre. Hace quizás dos años, Gonzalo me dio una copia de un documental realizado por Polo Gutiérrez llamado Blue Jay. Notas del exilio, que trata sobre un grupo de escritores chilenos exiliados en Canadá. Reacio como soy a ver cintas (del género que sean), la vi hace pocas semanas. El título del documental proviene de una reflexión del fallecido poeta Gonzalo Millán, con respecto a la asimilación del inglés por parte de los escritores de habla española: ¿cómo se podría traducir el nombre de blue jay en un poema escrito en español? ¿Arrendajo? ¿Azulejo? No es preciso: el blue jay sólo vive en Norteamérica, específicamente en el espacio que ocupan los Estados Unidos y Canadá. El blue jay es sólo blue jay. Aunque Jim Baker, el narrador de la graciosa historia, explica que este pájaro es casi lo mismo que un ser humano.

Blue Jay

Pájaros con sentido del humor 

(Traducido por José Francisco Robles)

Evidentemente, los animales hablan entre ellos. No hay duda alguna. Pero, supongo, hay muy pocas personas que pueden entenderlos. Jamás conocí a nadie que pudiera hacerlo, salvo a uno. Sin embargo, lo supe porque él mismo me lo contó. Este hombre era un sencillo minero de mediana edad, que había vivido una buena cantidad de años en un solitario rincón de California, entre bosques y montañas. Había estudiado las costumbres de sus únicos vecinos, las bestias y los pájaros, hasta que creyó que podría traducir fielmente cualquier comentario que ellos hacían. Éste era Jim Baker. Según Jim Baker, algunos animales tienen nada más que una educación limitada: usan sólo palabras muy simples y, rara vez, utilizan una comparación o una florida retórica. En cambio, otros tienen un vocabulario amplio, un fino manejo del lenguaje y una ejecución elaborada y fluida. Por consiguiente, estos últimos hablan mucho, les gusta hacerlo. Ellos están conscientes de su talento y disfrutan presumirlo. Baker dijo que, después de una larga y cuidadosa observación, había llegado a la conclusión de que los blue jays eran los mejores habladores que él había hallado entre los pájaros y las bestias. Dijo:

 “Hay más en un blue jay que en cualquier otra criatura. Él tiene más estados de ánimo y tipos de sentimientos que otros seres. Pues, verá, que lo que sea que un blue jay sienta lo puede expresar mediante el lenguaje; y tampoco un simple lenguaje común, sino sonando completamente a como hablan los libros, y brillando en metáforas. ¡Sí, señor, brillando! Con respecto al manejo del lenguaje, jamás verá a un blue jay trabarse con una palabra. Nigún hombre lo ha visto. ¡Pues emanan de él! Y otra cosa: me he fijado mucho que no hay pájaro o vaca o cualquier cosa que utilice tan buena gramática como un blue jay. Puede decir que un gato tiene buena gramática. Pues bien, un gato la tiene. Pero deje, por una vez, que un gato se ponga nervioso; deje que, de noche, llegue a jalar del pellejo a otro sobre un cobertizo y oirá una gramática que le dará tétanos. La gente ignorante piensa que es el «ruido» de los gatos al pelearse lo desagradable, pero no es esto: es la asquerosa gramática que ellos usan. Ahora bien, jamás he escuchado a un jay utilizando una mala gramática, sino muy raramente. Y cuando lo hacen, se avergüenzan tanto como un humano: bajan la cortina y se van.

 “Puede llamar al jay un pájaro. Bien, eso es lo que es, hasta cierto punto (puesto que tiene plumas y, quizás, no pertenece a ninguna iglesia); pero, aparte de eso, él es tan humano como usted. Le diré por qué.  Las virtudes, los instintos, los sentimientos e intereses de un jay, lo abarcan todo. Un jay no tiene más principios que un congresista. Un jay mentirá, robará, engañará, traicionará, y, cuatro veces de cinco no cumplirá con sus más solemnes promesas. Lo sagrado de una obligación es una cosa que no puede meter dentro de la cabeza de ningún blue jay. Ahora bien, además de todo esto, hay otra cosa: un jay puede superar en palabrotas a cualquier señor de las minas. ¿Cree que un gato puede insultar? Pues bien, puede. Pero dele al blue jay un motivo que requiera de este «poder reservado»: ¿dónde queda su gato? No me diga nada, que sé demasiado de esto. Y todavía hay otra cosa: hablando particularmente de regañar –de un regaño absoluto, bueno y completísimo–, un blue jay puede extenderse sobre cualquier cosa, humana o divina. Sí, señor, un jay es todo un hombre. Unjay puede llorar, un jay puede reír, un jay puede sentir vergüenza, un jay puede pensar, planificar y discutir; un jay gusta del rumor y del escándalo, un jay tiene sentido del humor, un jay sabe cuando es un imbécil, tan bien como usted, o quizás mejor. En fin, creo que si un jay no es un humano, por lo menos se comporta como tal. Ahora bien, le voy a contar un hecho totalmente real sobre ellos.

  La historia del blue jay de Baker

“Cuando en un principio comencé a entender correctamente el lenguaje del jay, un pequeño incidente había pasado aquí. Siete años atrás, el último hombre en la región (aparte de mí) se mudó. Allá está su casa, vacía desde entonces: una casa de madera, con techo de tablas, con sólo un cuarto grande y nada más; sin cielo raso y nada entre las vigas y el piso. Pues bien, un domingo por la mañana yo estaba sentado aquí afuera, en frente de mi cabaña, tomando el sol con mi gato, mirando las azules colinas, escuchando el susurro de las solitarias hojas en los árboles, pensando en el lejano hogar, “allá” en los Estados Unidos (del que no he oído desde hace trece años), cuando un blue jay se posó en aquella casa, con una bellota en su pico, diciendo: ‘¡Hola! Creo que me topé con algo’. Cuando habló, la bellota, por supuesto, cayó de su pico y rodó por el techo, pero no le importó. Su mente estaba totalmente puesta en lo que había encontrado: un hoyo en el techo. Ladeó su cabeza, cerró un ojo y puso el otro hacia el agujero, como una zarigüeya mirando adentro de una jarra. Luego, miró hacia arriba con sus brillantes ojos, dio uno o dos aletazos –lo cual significa gratificación, como comprenderá– y dijo: ‘Esto parece un hoyo, está puesto como un hoyo, ¡qué me fusilen si no es un hoyo!’

 “Luego, inclinó su cabeza hacia abajo y echó otra mirada. Esta vez, subió la vista totalmente alegre, agitando tanto sus alas como su cola: ‘¡No, señor, esto no es poca cosa… creo! ¡Vaya que estoy de suerte, porque éste es un hoyo perfectamente elegante!’. Entonces, voló abajo, tomó la bellota, la trajo hasta arriba y la tiró adentro. Justo estaba echando su cabeza para atrás (con la más celestial sonrisa en su cara) cuando quedó repentinamente paralizado en actitud de escuchar: aquella sonrisa poco a poco se esfumó de su semblante (como el aliento desde una navaja) y la más extraña mirada de sorpresa tomó su lugar. Entonces dijo: ‘¡Vaya, no la escuché caer!’ Dirigió nuevamente su ojo hacia el hoyo y lo miró por un buen rato. Levantó su cabeza y la sacudió, rodeó el agujero por el otro lado y echó una mirada desde allí. Sacudió su cabeza nuevamente. Pensó por un rato y luego entró en detalles; caminó alrededor del hoyo y espió adentro inútilmente desde todos los puntos cardinales. Sobre el caballete del tejado, adoptó una actitud pensativa y se rascó por un minuto la nuca con su pata derecha. Finalmente dijo: ‘Bueno, es cierto, esto es demasiado para mí. Debe ser un tremendo y enorme agujero. Sin embargo, no tengo tiempo para tontear aquí, pues tengo negocios que atender. De todas maneras, creo que estaría bien probar suerte.’

 “Entonces, se echó a volar, trajo otra bellota y la dejó caer en el hoyo, e intentó mover su ojo hacia el agujero lo suficientemente rápido para ver qué sucedía. Pero demoró mucho. Mantuvo su ojo pegado a él no más de un minuto; luego se irguió, suspiró y dijo: ‘¡Maldición! Creo que no entiendo nada de nada. No obstante, lo intentaré nuevamente.’ Trajo otra bellota e hizo lo posible para ver qué le ocurría, pero no pudo: ‘Jamás me topé antes con un agujero como éste. Opino que es de un tipo totalmente nuevo.’ Luego, comenzó a irritarse. Se contuvo por un rato, caminando de arriba abajo por el caballete del tejado, sacudiendo su cabeza y refunfuñando para sí. Pero sus emociones lo superaron inmediatamente: reventó y se maldijo hasta el cansancio. Nunca vi a un pájaro aproblemarse tanto por algo tan pequeño. Cuando se calmó, caminó hacia el hoyo y miró dentro de nuevo por medio minuto, y dijo: ‘Eres un agujero grande, un agujero profundo y un enorme y singular hoyo, y todo eso, pero he comenzado a llenarte, ¡y estoy frito si no te lleno, aunque me tome cien años!’

 “Al decir esto, se fue. En toda su vida jamás usted vio a un pájaro trabajar así. Emprendió su labor como un negro. La manera en que tiró las bellotas dentro de aquel hoyo, por más de dos horas y media, fue uno de los espectáculos más fascinantes e increíbles con que jamás me topé. Nunca más paró a echar una mirada; sólo las tiraba dentro e iba por más. Finalmente, apenas podía agitar sus alas, pues estaba exhausto. Desfalleciente y sudando, como una jarra de hielo, dejó caer una bellota una vez más, y dijo: ‘¡Creo que ya te he llenado!’. Entonces, se inclinó para dar una mirada. ¿Me podrá creer? Cuando levantó su cabeza nuevamente, estaba colorado de rabia: ‘¡He tirado paladas de bellotas en él, suficientes como para mantener a mi familia por treinta años! Y si puedo ver siquiera una señal de una de ellas, ¡qué aterrice en dos minutos en un museo con la barriga llena de aserrín!’

  “Ya tenía sólo fuerza suficiente como para treparse sobre el caballete del tejado y apoyar su espalda contra la chimenea. Recapacitó sobre sus impresiones y comenzó a despejar su mente. Comprendí inmediatamente que lo que yo había confundido como blasfemia en las minas eran sólo los «rudimentos», como usted diría.

 “Otro jay que estaba pasando, lo escuchó haciendo sus «rezos» y paró para preguntarle qué había ocurrido. El abatido pájaro le contó íntegramente el caso y le señaló: ‘Ahora bien, allí está el hoyo, y si no me crees, ve y mira por ti mismo.’ Entonces, el compañero fue y miró; volvió y dijo: ‘¿Cuántas dijiste que pusiste ahí dentro?’ ‘No menos de dos toneladas’, respondió el desconsolado. El otro jay fue y miró otra vez. Parecía no entenderlo. Entonces lanzó un grito y vinieron tres jays más. Todos ellos examinaron el agujero e hicieron que el apesadumbrado pájaro les contará el caso de nuevo; luego lo discutieron y surgieron tantas opiniones estúpidas sobre el asunto como hubiesen salido de una mediana multitud de humanos.

 “Ellos llamaron a más jays, a más y más, hasta que muy pronto esta región entera parecía tener un arrebol azul cubriéndola. Deben haber estado cinco mil de ellos y una vocinglería, disputas, alboroto y maldiciones, como jamás usted lo ha oído. Cada uno de los jay del grupo inspeccionó el hoyo y lanzó una opinión más disparatada acerca del misterio que la de quien le precedía. También inspeccionaron completamente la casa. Como la puerta estaba entreabierta, un viejo jay, al fin, se acercó a ella por casualidad, se posó encima y miró adentro. Por supuesto, aquello despejó inmediatamente el misterio: allí yacían las bellotas, esparcidas sobre el piso. El viejo jay sacudió sus alas y lanzó un grito: ‘¡Vengan aquí!’, dijo, ‘¡Vengan aquí todos! ¡Que me cuelguen si este idiota no ha estado intentando llenar una casa con las bellotas!’. Todos bajaron en picada como una nube azul. Y en cuanto cada camarada se posaba en la puerta y echaba una mirada, le conmovía la total ridiculez de la tarea que aquel primerjay había emprendido, cayendo de espaldas con sofocantes carcajadas, mientras el siguiente jaytomaba su lugar y hacía lo mismo.

 “Pues bien, señor, ellos permanecieron aquí por una hora, sobre el tejado de la casa y en los árboles. Y se rieron del asunto como seres humanos. No hay caso que me digan que un blue jay no tiene sentido del humor, porque yo lo sé bien. Y también tienen memoria: ellos trajeron jays hasta aquí (junto con otros pájaros) para mirar aquel agujero, cada verano y durante tres años, desde todas partes de los Estados Unidos. Todos apreciaban el suceso, excepto un búho que vino de Nova Scotia para visitar el Yosemite Park: vio el asunto, cuando ya venía en su viaje de retorno, y dijo que no pudo encontrarle nada muy gracioso. Pero, bueno, también estaba bastante desilusionado del Yosemite.”

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