Cosas que se olvidan dentro de un libro

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Desde hace ya varios años que la gente dedicada a estudiar obras antiguas han venido prestando atención a cosas que antes no provocaban mayor atractivo. Anotaciones marginales, extrañas imágenes en manuscritos y pertinentes (o impertinentes) acotaciones al pie, entre otras, han sido un objeto de estudio bastante productivo. Hay muchos casos, pero dos son mis favoritos. El primero: Margot McIlwain Nishimura publicó hace menos de 5 años un trabajo sobre las imágenes encontradas en los márgenes de los códices o manuscritos medievales (Images in the Margins, 2011). ¿Son puramente ornamentales? ¿Nos quieren decir algo desde aquellos bordes? El segundo: el historiador Anthony Grafton sacó hace ya casi veinte años un breve pero interesante texto sobre las notas al pie (The Footnote: A Curious History, 1997). En su breve introducción, Grafton señalaba que estas anotaciones marginales eran un verdadero arte y que bien podrían conformar una historia aparte. Yo mismo me he encontrado hablando sobre notas al pie en un libro que estoy terminando: una de las obras que examino es realmente un caso grave de “notitis” en la literatura novohispana. El Pasatiempo de Antonio de Ribadeneyra y Barrientos (3 vols., 1752) tiene una nota al pie ¡de más de 30 páginas!

Gracias a estas exploraciones los lectores nos hemos interesado por los textos en un nivel menos convencional. En esos relatos marginales, las obras tienen también otros tipos de secretos, sus propios diálogos, su propia vida. Si lo pudiera decir en una frase, diría que esas anotaciones marginales son para los libros lo que para los humanos es el sueño: un espacio propio, excéntrico a veces, pero siempre con la ambición de llevar a la lectura hacia otro nivel, a menudo más allá de la lógica un poco más predecible que ofrecen las palabras del texto erudito.

Sin embargo hay otro tipo de cosas que se pueden encontrar dentro de los libros. Un joven librero de Oneonta (New York), Michael Popek, decidió hacer un blog con todos los objetos que él había encontrado al interior de los libros usados que compra a diario. Cosas tan disímiles como certificados de matrimonios, recetas de cocina, cartas de desamor, e incluso, llaves, forman su curiosa colección de bookmarks o apuntadores/separadores/marcadores de página. En 2011 publicó un libro sobre estos libros con imágenes de estos verdaderos gabinetes de curiosidades, Forgotten Bookmarks: A Bookseller’s Collection of Odd Things Lost Between the Pages; al año siguiente, en 2012, apareció uno exclusivamente dedicados a recetas de cocina halladas entre las páginas, Handwritten Recipes: A Bookseller’s Collection of Curious and Wonderful Recipes Forgotten Between the Pages. Desconozco si Popek tiene alguna publicación en curso. Pero sigue posteando sus raros descubrimientos en su visitado blog.

Yo tuve mi propia epifanía de este tipo hace más de once años. Fue en una visita a Lima, Perú. Después de viajar por tierra desde Santiago de Chile a la llamada Ciudad de los Reyes, y asentarme en una hostal de la calle Belén, muy cerca de la plaza San Martín, me dediqué a recorrer librerías como las de la editorial Horizonte, la del Virrey y las librerías de volúmenes usados o “de viejo”, como les dicen en México. Visité la feria de libros que está en Jirón Amazonas, a un costado del Rímac, y también la que se emplaza en Jirón Quilca, muy cerca del lugar de mi hospedaje. Allí es donde me topé con uno de los libros que quería encontrar en mi viaje por lo que fue un antiguo virreinato: los tres tomos de los Comentarios Reales y la Historia general del Perú del Inca Garcilaso (el primero con los Comentarios, los dos siguientes con la Historia). La bella y pesada edición era la de la Librería Internacional del Perú (1959) con prólogo de Aurelio Miró-Quesada. No miento si digo que no regateé mucho el precio; creo que quedó la operación cerrada en 200 soles o algo así. Creo, además, que ha sido la única vez que no pude ocultar mi emoción por ese encuentro, a pesar de que, acostumbrado a tratar por aquel entonces con los libreros chilenos que no son muy amigos de los descuentos, había aprendido a no demostrar mayores sentimientos frente al hallazgo de libros que deseaba intensamente.

Mi estrategia en las librerías “de viejo” era exhibir siempre una suerte de indiferencia y, con la misma actitud, pedir un precio mejor. Si no lo conseguía, dejaba con reprimido dolor el ejemplar en su lugar y seguía mirando el resto de los libros por un largo rato, hasta que el librero intuía que yo no estaba simplemente mirando, sino decidido a comprar. Pocas veces falló mi estrategia: los vendedores, al ver que me acercaba peligrosamente hacia la salida, me cortaban el paso con una oferta. Y, refunfuñando, recibían el disminuido pago y yo, a cambio, el libro. Incluso me resultó con un librero experimentado, el ya difunto Juan Saadé de la librería La oportunidad de la calle San Diego en Santiago. A él le compré por una módica suma una edición de las obras completas de François Rabelais –mi obsesión a los 19 años– con un estudio de Anatole France, dibujos de Gustave Doré y con un apéndice que incluía un diccionario de términos rabelaisianos. Años después supe que Saadé era amigo de Pinochet y uno de sus libreros favoritos. En otro escrito espero publicar esta anécdota completa, pues la obtención del ejemplar no fue nada simple; queda bastante por contar.

Vuelvo al Inca Garcilaso, a Perú. Como dije, mi felicidad me impidió poner en práctica mi estrategia. Me traje a Chile esos pesados volúmenes más otros que se sumaron en mis andanzas por tierras peruanas. En cuanto desarmé mochilas y bolsos me puse a hojear mis nuevas posesiones. Como era de esperarse, la primera revisión se consagró a las páginas de los Comentarios y luego a las de la Historia. Cuando iba en su segundo tomo, algo cayó al suelo. Un papelito amarillento. Lo recogí y lo leí. No daba crédito a las temblorosas palabras que decían:

“Cholito: Estoy desesperada. Natalia ha venido hoy a la[s] 6 am a avisarme que Margarita y sus tres hijos han muerto aplastados por el techo de su casa, no s[é] qu[é] hacer…

Gloria [¿?]

Estoy para ir al hospital”

EPSON MFP image

La primera pregunta que se me vino a la mente, luego de quedar estupefacto por algunos segundos, fue la siguiente: ¿cuándo y dónde había ocurrido esta tragedia? Obviamente, no iba a tener respuesta alguna. La segunda pregunta tampoco: ¿quiénes eran estos personajes nombrados en la terrible nota? Con respecto a la tercera podía especular algunas cosas: ¿cómo es que se cae un techo en un lugar que no sufre de nevazones, evento que podía provocar tal tragedia? Dije que pude especular algo, pues un asunto que noté con sorpresa viajando por tierra hasta Lima es que muchas casas –de los barrios más pobres– tenían techos construidos, aparentemente, por los mismos moradores. Dada la fragilidad de esta construcción bien se podían caer los techos con poco movimiento, pensé. La cuarta pregunta era, sin duda, la más enigmática de todas: ¿qué hacía esta terrible nota como apuntador/separador de páginas de la Historia del Inca Garcilaso? No esperaba contestarla, claro está, pero movió grandemente mi imaginación.

Imaginé que bajo el cariñoso apodo de “Cholito” se ocultaba alguien que trabajaba en jornadas nocturnas o que salía a trabajar muy temprano. Un profesor, un comerciante, un obrero de fábrica o un guardia o guachimán (palabra que me enseñó mi amigo Javier de Taboada), qué sé yo, un hombre que a las seis de la mañana no estaba en su casa. De Gloria –o como se llame– no hay mucho que decir: normalmente las personas están a esa hora en sus hogares; de la finada Margarita y sus también occisos tres hijos, Gloria era la mejor informante; y de Natalia, que es muy probable que fuera vecina de los difuntos. Pero, ¿por qué poner esta nota dentro del segundo tomo de la Historia del Inca, justo cuando el cronista comienza su relato de la conquista del Perú? ¿Por qué usar tan trágica nota como un apuntador o separador de páginas como si fuese una servilleta, una boleta o factura, o algo a mano sin mayor importancia?

Mediante perspectivas coloniales o postcoloniales se podrían conjeturar algunas cosas acerca de la coincidencia entre el segundo tomo del Inca y su lectura en la casa de Gloria y “Cholito” luego de la tragedia. Pero prefiero no recurrir a ellas. Ya pasado el episodio, la nota seguramente quedó circulando por la vivienda. Un buen día, uno de los dos se puso a leer la obra y descuidada o intencionadamente colocó el notable papelito apuntando una de sus páginas. A esa altura, tal vez, ya era una nota histórica del hito trágico del que difícilmente se habrían de olvidar.

Pero quizá la obra del Inca ni siquiera les pertenecía. La nota pudo haber llegado por otros caminos –otros libros– hasta el dueño o la dueña de los tres volúmenes quien, con el mismo estupor que el que yo sentí, decidió guardarla como un insólito tesoro entre las páginas de su obra predilecta. Sin embargo, desde hace más de once años, ni la obra ni la nota están con él o con ella, ni con Gloria ni “Cholito”. Los libros viajan: los tres tomos viajaron  varias veces en mi poder. De Lima a Santiago, de Santiago a la Ciudad de México, de ahí a Princeton y de Princeton a Hamilton. Quizá cuántos viajes más les espera. Los libros son aves de paso que, tarde o temprano, alzarán el vuelo.

Los libros también son otras cosas: botellas lanzadas al mar del mundo, portadoras de mensajes. O, como en este caso, museos volantes y no solo de ideas ni de anotaciones marginales tanto del autor como del lector; son también lugares de ocultamiento de cosas secretas, importantes o triviales. Los libros pueden ser cosas que van más allá de las palabras y de su cuerpo material. Son misteriosos museos: cada una de sus páginas son un potencial anaquel, un potencial gabinete de curiosidades que los lectores pueden encontrar, tocar y leer, pero no siempre comprender.

¿Qué será de Natalia, de Gloria y de “Cholito”? ¿Estarán todavía vivos? ¿Se les habrá caído el techo también? Quién sabe.

El terremoto de los ochenta (los hijos de la dictadura)

1

Muchos años después de lo ocurrido, y después de lo que no ocurrió, reflexiono.

Un hombre de su tiempo es quien puede cortar con su voz, el intenso ruido que muchos hombres hacen en su paso por la tierra, dividiendo cada paso en la medida exacta de su extensión, distribuyendo y adjudicando a cada quien los progresos de ese camino, pensando en la suma final que producirá ese movimiento. Esto con el fin de saber cuántos pasos hemos dado cada uno, cuánto hemos avanzado y hacia dónde vamos. Un hombre de su tiempo no le teme al ruido de esos millones de hombres; más bien, ama su dinamismo y el derrame de huellas por el sendero. Un hombre de su tiempo observa esas huellas, las palpa, las mide y las ve alejarse: no trata de alcanzarlas, las deja ir por el camino y siente que él debe seguirlas para encontrar a aquellos a los que pertenece. No pretende llegar primero, sabiendo cuál dirección es la elegida, sino sólo desea saber hacia dónde van.

Los tiempos son como las ramas de un árbol que vemos quebrar el cielo, cuando nos quedamos bajo su sombra; son también la luz fragmentada que llega a la tierra en esa proyección natural. Y también pueden ser esos rostros que se bañan en el claroscuro de esa magnífica combinación entre cielo y tierra. Todos los tiempos son, en el hombre de su tiempo, la bella escena de un segundo o la larga jornada que se recrea hacia el final de la tarde. Pero la tarde va cayendo, el sol se hunde, desaparece la luz y el árbol, el ramaje se confunde con lo que ha quebrado. Estamos bajo la noche. Nadie, ni el hombre de su tiempo, puede reconocer las huellas que los otros han abandonado en la tierra. Él se convierte, en la ardua espera de la marcha, en un rehén de su propio tiempo.

¿Cómo podemos, nuevamente, ver la exacta conjunción entre la luz y la sombra, cuando ya la noche llega y pesa como un piedra enorme en los bolsillos? ¿Cómo podemos quedarnos así, tan rápidamente, sin tiempo y sin humanidad? ¿Cómo, tan de pronto, nos ponemos a pensar sobre la historia perdida con esa enorme piedra en los bolsillos? Ya no podemos ver el rumbo de nuestros compañeros, ni siquiera escuchar el ruido de la marcha. Estamos solos, sin huellas, sin medidas, sin tamaños, sin tacto ni distancias y, sin embargo, nos quedamos bajo el árbol esperando que otro día llegue, esperando que el sol haga su voluntad como de costumbre. Volverá la luz, sin duda, y se reunirá con su árbol. Presenciaremos, una vez más, la escena del hombre y del tiempo, la quebradura del cielo. Escucharemos el ruido de la multitud cotidiana que pasa por nuestro lado. Pero esta vez, observaremos todo detrás del árbol, escondidos, asustados, con el miedo que deja el saber que todo perece todos los días, incluso el sol que es eterno.

2

Fue, quizás, el terremoto del año de 1985 el sol que me despertó: los recuerdos más claros comienzan desde aquel año. El suelo inestable de Chile, salió de su letargo y abrió sus fauces con un largo bostezo de ruinas y miseria. Pude ver cómo la tierra movía aquel país construido en el aire, tal como los hechos que poco después sucederían comenzaron a mover las conciencias. En mi barrio la gente vivió por un par de semanas en la calle, los militares salieron a la calle y rodearon el cordón de edificios donde vivía: todo volvió al pasado inmediato. Acampamos en las canchas de fútbol y en carpas improvisadas, mientras el inicio de clases en las escuelas se aplazaba por algunas semanas. Las casas quedaron vacías. Pero nuestros viejos canarios siguieron en sus jaulas dentro del departamento, cantando solitarios, pidiendo su ración de alpiste como una limosna que les llegaba una vez por día. No obstante, el terremoto comenzaría sus nuevas réplicas algunas semanas después: estallan bombas a lo largo del país, son asesinados dos hermanos, desaparecen tres hombres que luego aparecerán degollados a la orilla de un camino, siguen las bombas, siguen las protestas y los muertos que engordaban con sangre a los parásitos de la dictadura.

Fuimos niños en los ochenta, en los márgenes de la ciudad, y ahora somos mujeres y hombres de ese tiempo. Tendremos que ir por el ruido del presente, por las contradicciones del ahora, hacia esa historia sumergida en estos años. Buscar la historia de aquellos sentimientos perdidos, de aquella alma que por el uso fue abandonada por otra, de los sucesos interpretados y que hoy parecen nuevos. Pero me refiero a la reconstrucción imaginaria de esa historia: intentar ver por los ojos antiguos y descorrer el velo oscuro de un mundo ya vivido. Tal vez esto sea sólo una fantasía filológica, pero no podrá decirse que flota en un aire atemporal y que las ráfagas de sucesos no le hacen mella alguna; podrá no tener principio ni final, pero tiene una historia posible y con órdenes posibles, donde la interpretación de los sentimientos pasados y lo vivido se sientan en la cabecera de la mesa. Para hacer justicia con nuestra historia tal vez haya que volver a ser hijos de ese tiempo.

A los hombres y mujeres de ese tiempo nos llaman los hijos de la dictadura: bastardos, ilegítimos, generación espontánea crecida de la basura cotidiana, esa que huele mal pero que pronto nos acostumbramos a oler sin mayor sobresalto. Pero aprendimos a caminar en dos pies mientras otros estaban de rodillas. Pero lo que veíamos no lo podíamos explicar. Lo que nos explicaban no lo entendíamos o no lo queríamos entender. Sólo escuchábamos y veíamos, no comprendíamos nada: las cosas del mundo se movían en una inalcanzable pantalla de cine, lejana, ríspida, opaca; apenas movimientos, apenas sombras e imágenes borrosas y también borradas. Cuando la película del mundo cesaba venía la noche, la larga noche de aquella infancia. Y había ruidos y nuevas películas, más invisibles aún, pero más audibles. Cada cuadro era un estallido profundo que se perdía en el vacío, como un tren, que se iba y se iba sin retorno. Se podía escuchar todo. Luego, la pólvora nocturna se dejaba caer en el mismo lecho que, por la mañana, compartía con el rocío. Todo seguía un orden absoluto: los opuestos se abrazaban y se callaban las diferencias. La pólvora y el rocío no eran distintos. Se podía escuchar todo. Para los hijos de la dictadura no era tan difícil vivir en ese planeta de películas para ciegos.

Hay que decir algo más. Ese mundo era un mundo desvelado. El sueño se había interrumpido y algunos seres vagaban insomnes por la ciudad. Pero no era un deambular cualquiera: era metafórico. Las luces se apagaban temprano y había que meterse en la cama: otras luces, las que caían lentamente del cielo, tomaban su lugar. Por algunos minutos, la noche era el día. La luz venía del cielo y, sin prisa y sin pausa, venía cayendo para alumbrar a los hombres de buena voluntad. Esa extraña luminosidad también se podía oír y su sonido era un chillido ensordecedor, como una lija o un cuchillo que venía cortando el aire oscuro, a tajos verticales, para caer en un lento desplome. La gente de mi barrio, los que estaban despiertos, miraba a escondidas por la ventana para ver esa luz. La miraban en silencio, pues venía del cielo. Yo no tenía autorización de hacerlo, si es que permanecía despierto: sólo escuchaba el chirrido cayendo desde alguna parte del cielo y luego un tren, muchos trenes, furiosos y veloces, que se escapaban por los túneles de la noche. No sé hacia dónde iban aquellos bólidos de plomo. Sólo sabía, por los rumores de la mañana siguiente, que se había llevado a mucha gente conocida, desconocida y a medio conocer. En sus rostros, en sus cuerpos, estaban los breves túneles de aquellas noches.

Los hijos de la dictadura dormían su sueño, su particular ensoñación infantil: en nuestros vagones había juegos, competencias, deportes, recolección de insectos. Mientras, los seres mayores buscaban conciliar el sueño y se imaginaban vagando por la noche, conversando asuntos serios con los amigos, encendiendo un cigarrillo frente a un café, hablando de las cosas de mañana y del mañana. Esta escena se repetía casi todas las noches, hasta que se transformó en un rito habitual, una fruta de goce, hasta que descubrieron que era una buena manera de volverse a dormir. Y se dormía bien, porque ya no había que soñar nada, pues todo lo que se podía soñar se hacía en desvelo, en ensoñaciones a plena luz del día.

Las luces de la noche se apagaban poco a poco. Los trenes y sus estallidos se iban marchando a lugares desconocidos. Desaparecían. Todo volvía a la calma y pronto se podía quebrar el desvelo. Aunque también había otras opciones para olvidarse del día: estaba permitido masturbarse frente al televisor, o bien, fornicar en silencio, que era otra forma de masturbación en pareja. Así fue como se originaron los hijos de la dictadura, así fue cómo llegamos al paraíso de los muertos. De este modo nuestros padres nos trajeron al mundo, desvelados, pornográficos, aburridos, vagabundos.

Sin embargo, no fuimos sus primeros hijos, quizás fuimos los últimos. Nuestros hermanos mayores habían nacido una década antes. Los admirábamos profundamente. Eran fuertes, grandes, y de costumbres extrañas. Salían de la escuela después del mediodía, pero llegaban a casa por la noche. Discutían con los padres y hablaban de no tener miedo: acusaban la cobardía de los mayores, maldecían a las luces de la noche, pateaban la puerta del cuarto, echaban el pasado a la basura y se metían a la cama para soñar.

Sí, soñaban, pues eran audaces. Sabían soñar y ensoñar, y dividían el mundo como a una baraja: por aquí los buenos, por allá los malos. No iban a la cama para desvelarse pensando en lo que pudieron hacer durante el día. Ellos planeaban en sus sueños lo que harían al siguiente. Y comenzaban a realizar su plan apenas despertaban. Resistían. Resistían y se volvían irresistibles.

Tal vez por eso, ellos eran la única película que podíamos ver claramente. Mientras de nuestros padres veíamos sólo sus sombras, de nuestros hermanos mayores lo veíamos todo: sus gestos eran de una transparencia asombrosa, sus movimientos totalmente descifrables, aunque sus lenguajes nos eran desconocidos del todo. Puede ser que por ese lenguaje ignoto los admirásemos todavía más, como a sacerdotes de una extraña secta. Y tratábamos de imitarlos, al menos en sus movimientos, para no seguir viviendo en el fondo de la sala de aquel cine, de aquella ceguera. Ellos eran esa luz que nunca se apagaba. Con ellos no había ganas de volverse a dormir.

3

Mientras nosotros seguíamos en las oscuras mazmorras de la escuela, ellos, envidiados, salían al mundo real. Aunque, quizás, ahora que lo pienso mejor, salieron a un mundo inexistente que ellos creían real: imaginaron libremente una sociedad a su medida, donde cada deseo tenía una realización posible, sin importar lo lejano que estuviese. Y nosotros seguíamos en una realidad sin salida: nuestros primeros sueños aún no vivían y sólo podíamos disfrutar de las fantasías infantiles de mundos lejanos, viajes intergalácticos, planetas desconocidos, robots que peleaban por el futuro del mundo. Nuestros hermanos mayores nos miraban con lástima: así eran los hijos de la dictadura, pensaban. Así eran estos alienados, estos hijos de la represión. Veían en nosotros una generación perdida, mientras ellos estaban llamados a ser la redención. “Sangre latina necesita el mundo, roja, furiosa y adolescente”, solían cantar y bailar entre sus pares. Nosotros también cantábamos, pero sin saber lo que estábamos diciendo.

En aquellas raras cárceles que eran o parecían ser las escuelas de la dictadura pasamos una parte importante de la infancia. El director de la escuela del barrio, un ex militar, nos saludaba cada lunes haciendo sonar sus talones y exigiendo aquel gesto de nuestra parte. “¡Firmes!”, nos gritaba por un megáfono. Nosotros nos poníamos firmes y veíamos ondular la bandera con la cordillera de fondo, siempre blanca, siempre fría y blanca como una piedra inexplicable. Luego entonábamos el himno, su quinta estrofa, el coro, y aquella otra estrofa que comenzaba por “Vuestros hombres, valientes soldados…”, que todos conocemos y hoy aborrecemos. ¡Pobre Eusebio Lillo! Nunca imaginó que su canción iba a ser un símbolo de la dictadura y el destierro. Escrita por él, quien también fuera desterrado por pertenecer a la Sociedad de la Igualdad, fue puesta en otro contexto, como si el pasado hubiese viajado a ayudar al infame presente de los ochenta. Y nosotros la cantábamos en una escuela pública que, además, llevaba el nombre del poeta.

De esos tiempos guardo una fotografía imaginaria: en medio o, tal vez, a un costado de esa enorme masa de vida, estaba yo, de pie y formado, mirando ondear esa bandera. No es fácil descubrir quién era: todos parecemos iguales, unos más altos, otros más pálidos, pero todos iguales. Y ahí estaba yo mirando ondear esa bandera. La estrella escondía sus puntas, al compás del viento, detrás de su mástil mal pintado, oxidado, y volvía a mostrar su imperfecto dibujo blanco, horrorosamente blanco, enceguecedoramente blanco. Era un día de sol. Pero estoy seguro, sin dudar, que era el último día de septiembre.

Los niños, como se sabe, gustan del anonimato. Los profesores nos consentían y, por ello, jamás quisieron aprender nuestros nombres. Crecíamos del uno al cuarenta y cinco y ese orden nos parecía bueno. Sí, tal vez por eso yo estaba a un costado o atrás de esa masa de huérfanos que éramos los hijos de la dictadura. Cuando la campana tañía era el primer símbolo del día: salíamos con toda la felicidad del mundo a correr por el patio, liberados al fin de ese calabozo. Las clases habían terminado. Pero pronto enfilábamos rumbo hacia el segundo símbolo: salíamos a la calle donde nos esperaban nuestros padres y familias con las manos ansiosas y abiertas, esperando recibir el milagro luminoso de la estrella solitaria. Buscaban su fulgor en nuestros rostros, la antorcha incandescente del saber. Pero los ojos traían un sombrero cerrado, ciego. Entonces, el tercer símbolo venía cerca, doloroso y veloz: éramos azotados en plena calle, sin piedad, sin consuelo. Los gritos eran otro símbolo al final del día. Los zapatos negros se arrastraban por el polvo, arando la tierra infértil gobernada por esa fulgurante estrella. Pedíamos piedad, pero nadie nos escuchaba.

Aquellos a quienes veo en esa fotografía, iguales a todos, recibieron esos tres dones del amor de aquellos años. Ahora, si abro los ojos puedo ver más, recordar más: cada uno de los cuerpos de mis compañeros comienza a fisionarse de aquella masa anónima. Puedo ver que ya tienen zapatos, rostros, corbatas y sombras; descubro la profundidad de sus ojos y las piedras que reposan detrás de sus nucas. Esa imagen nunca más se olvidará, pues ellos se fueron con su carga de símbolos por los caminos de la montaña, con los colores de la bandera, arrastrados por la sed y la sangre de los últimos insectos de todas esas tardes. Nunca olvidaré toda esa inocencia derramada por las calles del barrio.

Entonces, cuando las nubes enredaban la luz y cerraban su paso, llegaba el cuarto símbolo, el cuarto elemento de esta tierra que amábamos mientras ella nos maldecía. Era de noche. La gente volvía a sus nichos de vida, a alimentarse, a encender los televisores, a escuchar la radio. Estaban ocultos. Y las luces se apagaban para observar otros resplandores. Afuera, un poco antes, la tenue lluvia limpiaba todo. Tres bengalas auxiliaron, más tarde, las labores de la lluvia, alumbrando los techos, abriendo la tiniebla con su pupila brillante, buscando aquello que necesitaban. Los árboles se acariciaban y restregaban sus sucios brotes con el agua recién caída. Comenzaban los disparos, los silencios gritados debajo de las almohadas, la locura que se apoderaba de mi madre. Me deslicé hasta el borde de la ventana.

Dos cuerpos se movían apenas, intranquilos, con miedo, tirados al borde de mi calle. Dijeron algo, gritaron algo que no pude oír, justo antes de que se los llevaran a rastras con su poco de vida. La lluvia que se había detenido volvió a lanzar sus dardos. Ese cuarto símbolo cerraba el ciclo. Una mano tomó mi oreja y me fui con ella, sollozando, hasta mi cama. Creo que dormí profundamente, como todos los días. Nunca hubo un silencio mayor como el de aquella noche.

4

Yo no sé cuánto tiempo habrá durado aquella noche; tal vez días, años, silencios sin número. Pero cuando abrí los ojos por segunda vez vi ante mí un hormigueo de signos y sentidos, colores, formas, tierras, mares, que venían entre las manos viejas de mi abuelo. Eran una enciclopedia y un mapamundi. Tal vez en mi infancia tuve muchos días, mucho más que los que hubiese querido; pero estos dos nuevos amigos vinieron a acortar los días y a alargar las noches: noches de sueños, desmedidamente recordados y reordenados, con el claro e íntimo objetivo de la alegría y la tragedia, bordeando en la épica personal de quien cree saberse herido por todos lados y, finalmente, triunfante por sobre su miseria.

No interesa si esos sueños fueron reales o no. Quizás mi corta reflexión sobre ellos, nació producto de una seducción rápida e inconsistente. La consistencia es hija del lento pensar, de la gotera reflexiva; la seducción lo es del desbordamiento vital del que no nos tratamos de salvar. La unión de ambos polos, si se lograse en estas líneas, es lo que yo llamaría un ensayo, el sentido menor del término. Pero un ensayo no en un modo genérico, sino más bien en uno casual, amateur, necesitado y, como tal, marcado por el ritmo de la espera y la desesperación, la esperanza y la desesperanza por el oficio que elegí vivir y me propuse vagar por las cosas del mundo. Y mi vagabundeo comenzó con estos dos regalos.

Fueron estos dos objetos de papel los que me pusieron y me cargaron sobre sus hombros: la enciclopedia, mi primer gran libro, y el mapamundi, mi primer gran viaje. Así comenzó el segundo gran terremoto que volvió a abrir mis ojos, ya no sólo para ver el ambiente que me rodeaba, sino para soñar con las cosas que se agitaban más allá de las fronteras.

Leyendo esa enciclopedia llamada El campesino y el saber me enteré de las cosas del mundo más allá de mi barrio, de las cosas que pasaron cruzando el río. Era una enciclopedia destinada a la alfabetización de los campesinos en el proceso de la Reforma Agraria. No sé la razón por la cual esa enciclopedia llegó a mis manos en la década de los ochenta, cuando era un niño de entre 6 ó 7 años. Mi abuelo, quien jamás había comprado un libro en toda su vida (salvo una vieja Biblia que no leía, sino que cantaba) la traía entre sus manos con el cuidado que se le da a un tesoro. Olía a nueva, a pesar de llevar guardada alrededor de 20 años en una bodega de la INDAP; olía a página amarillenta nueva, como una moneda antigua que alguien enterrara en el jardín para ser descubierta por un niño. Y yo la estaba desenterrando y brillaba más que una moneda en la tierra oscura y húmeda. Así, mi lectura de aquella enciclopedia fue como una labor de espeleólogo: descubrí nuevos mundos, jamás hollados por mí; navegué por sus ríos a oscuras, vi especies que nunca imaginé. Ahora sé que la musa no sólo puede cantar al que escribe; también al que lee.

Cuando estiré por primera vez aquel mapamundi y lo fijé sobre el muro descubrí que había países más allá de La Chimba. Y no sólo eso: colores, continentes, mares, ríos, lenguas, monedas, poblaciones y banderas en que el mundo de dividía. Yo pensaba, antes de aquel mapa, que el mundo se llamaba Chile. Y que mi barrio también se llamaba Chile. Había escuchada hablar de otras regiones, pero siempre pensé que formaban parte de la fantasía de los adultos. Tomé mi enciclopedia y comencé a cotejar aquel mito derrumbado: el mundo se comenzaba a abrir como una naranja madura. Su jugo dividía los continentes en mares y resquebrajaba las ciudades en ríos y lagos; ponía semillas diferentes en la lengua de los hombres, y con su cáscara daba pieles distintas a las regiones. Ahí comenzó mi deseo por explorar aquellos infinitos países que levantaban sus manos cuando mis ojos pasaban por ellos.

Mi abuela y mi madre dicen que ahí fue, con ese regalo, que me comencé a ir del barrio, del país. No lo sé.

Ellas dicen que un día les dije que por qué estábamos tan lejos de todo, a la orilla del mundo, mientras los otros vivían en enormes extensiones y más cerca de las multitudes de países. No supieron responderme. O quizás lo hicieron con el viejo adagio: el desierto nos protege del norte, la cordillera del este y el mar de lo que venga del oeste. Éramos una isla mal hecha. Yo no me explicaba la necesidad de tanta protección, no sabía el motivo. Y todavía no lo sé.

Probablemente, es una épica que todavía no nos abandona: llegó con Ercilla y pasó por los siglos intacta y hasta tomó un paseo por mis cuadernos. “Somos los habitantes del fin del mundo”, me decían, “porque lo mejor está al final”, sonreían lejanamente. Pero para mí ese fin del mundo sólo me había dado polvo y piedras en una cancha de fútbol, un puñado de amigos pobres, perros vagos, basura repartida generosamente por las calles, castigos. Ésta era una región desértica, estéril, en que el viento abundaba sólo para agitar más la miseria y levantar el polvo de las esquinas para enterrarnos de nuevo; donde la tortura de la dictadura no se mantenía solamente en los cuarteles militares: también entraba en las casas, en los padres que castigaban duramente a sus hijos por la menor falta, por la más inocente broma. Nosotros, los hijos de la dictadura, éramos los grandes insultados, los insultados de raíz, desde siempre. Y yo no podía amar esto. Yo deseaba cruzar montañas, desiertos y mares para encontrar el verdadero mundo que vivía allá afuera, lejos de esa isla mal hecha.

Lejos estoy de saber si es cierto o no, pero tengo para mí el mito original que, desde la vieja enciclopedia y el mapamundi, comenzó mi deseo por leer y escribir. Y también mi deseo por largarme. No tengo pasta de mártir, solía repetir a mi familia, a mis amigos. Sin embargo, me he martirizado día a día con estos recuerdos como hijo de la dictadura, hijo de un barrio, hijo de La Chimba. Hasta que decidí dejar de ser, hace algunos años, un escritor sin escritura, un fantasista profesional, un fantasma vivo que arrastra sus cadenas por los estrechos pasajes de su barrio.

Pero no es fácil escribir, sobre todo si se refiere a nuestro pasado, a nuestra infancia. Los hijos de la dictadura estamos cansados, pues somos hijos de nuestro tiempo: nacimos desvelados, pornográficos, aburridos y vagabundos. Nadie creía en nosotros ni nosotros mismos, pero tampoco creíamos en ellos, en los mayores. Quizás los hijos de la dictadura todavía vivimos escondidos detrás de los árboles, con aquel miedo a la obsolescencia del mundo. Quizás yo, oculto, temeroso, nublado y lejano estoy escribiendo este memorial que jamás tocará, tal como lo deseo, las médulas del prójimo con mis propios huesos: que mi crecimiento, que mi abandono del barrio, que los terremotos, enciclopedias y mapamundis fueron en vano. Que nunca recobraré con mi escritura los pasos ya dados y perdidos en un país lejano.

México D.F. – Winnetka, Illinois, 12 julio de 2011.

(De Memorial del norte de La Chimba, inédito)

Curiosos consejos para cuidar la salud del cerebro (1596)

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by Robert Fludd (ca. 1620)

El destino siempre me trae antiguos y extraños libros, aunque esto no sea sino una excusa para decir que mi ojo está más o menos atento a las hoy consideradas rarezas bibliográficas del pasado. El goce al encontrar estos frutos de la mente humana –o de ciertas y singulares mentes humanas– es en mí extremo, aunque muy pronto da paso a un feliz e infantil asombro. Y este asombro no tiene que ver solamente con atestiguar las curiosas y a veces estériles indagaciones en que se enfrascaron los antiguos; también, y más que todo, el asombro que siento está relacionado con lo que percibo como una positiva desfachatez y admirable libertinaje intelectual que era común en aquellos siglos.

Así, los grandes trabajos del conocimiento eran ensayos, maravillosas obras en las que más que comprobar fenómenos mediante números o fórmulas se ponían a prueba por el ingenio y la libertad de sus analogías. La ciencia todavía no se hacía de un guardián, el método; la imaginación poética corría ligera y desbocada por las ideas. Quizá nunca estuvo más cerca la observación natural y la poesía, como si fuera el último suspiro –que durará algunos siglos más, sin duda– de un mundo que no deseaba o no podía distinguir entre ‘lo real’ y ‘lo figurado’.

Como hoy, pienso, los hombres y mujeres de ciencia están demasiado ocupados en sus laboratorios, en cálculos y tecnología, ya no se ven tales invenciones. Los poetas, por su parte, tampoco parecen interesarse mucho por el mundo natural; se vuelcan casi exclusivamente a la lectura de poesía y de ahí sacan sus experiencias poéticas, como antes la extraían de la geografía, de los pájaros o de los bosques (como en aquel famoso verso de Baudelaire: “Grands bois, vous m’effrayez comme des cathédrales”). Quizás por eso me gusta ir hacia las fuentes de esa memoria, buscando algunos tomos que me hagan ver el mundo de hoy bajo paradigmas diferentes. Como si pudiera volver a conectar un mundo roto y encontrar caminos viejos que llevan a partes que hoy son poco visitadas. La novedad a veces consiste en re-viajar, re-leer: recordar.

Fue así como buscando libros relacionados con una obra curiosa, originalmente escrita en latín por Thomas Muffet, The Theater of Insects, Or Lesser Living Creatures, el primer texto escrito en Inglaterra sobre historia natural y publicado póstumamente en inglés en 1634, me encontré con un singular libro. De su autor solamente quedan sus iniciales, A. T., quien fue, cómo lo dice, practicante de medicina. Su largo título es el que sigue: A Rich Store-House or Treasury for the Diseased: Wherein, are Many Approved Medicines for Divers and Sundry Diseases, Which Have Been Long Hidden, and not Come to Light Before This Time; Now Set Foorth for the Great Benefit and Comfort of the Poorer Sort of People That are not of Abillitie to Go to the Physitions, by A. T. practitioner in physicke (London, 1596). En castellano sería algo así: Rico depósito o tesoro para el enfermo, en donde hay muchas aconsejadas medicinas para diversas y variadas enfermedades que han estado largo tiempo ocultas y sin ver la luz hasta nuestros días, ahora descritas para gran beneficio y consuelo de los más pobres que no pueden ir al médico. Escrito por A. T., practicante de medicina. Londres, 1596.

De los más de 260 capítulos (se pueden encontrar aquí), dos me interesaron: el 144 y el 145. Tratan, respectivamente, de las cosas buenas y malas para el cerebro. A continuación los transcribo y traduzco al castellano.

Cap. 144 / A Rule to knowe what things are good and [w]holesome for the Braine:

+To Smell to Camamill, +To eate Sage, but not overmuch, +To drinke Wine measurablie, +To keepe the Head warme, +To washe your Hands often, +To walke measurablie, +To sleepe measurablie, +To heare little noise of Musicke or singers, +To eate Mustarde & Peper, +To smell the savour of Red-roses, & to washe the Temples of your Heade often with Rose-Water.

Cap. 145 / These Thinges are ill for the Braine:

+All maner of Braines, +Gluttony, +Drunkennes, +Late Suppers, +To sleepe much after meate, +Anger, +Heavines of minde, +Stande much bare headed, +Corrupt Aires, +To eate overmuch or hastely, +Overmuch heate in Travaylinge or Labouringe, +Overmuch Watching, +Overmuch Colde, +Overmuch Bathing, +Milke, +Cheese, +Garlicke, +Oynions, +Overmuch Knocking or Noise, & to smell to a white Rose.

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Capítulo 144 / Regla para saber qué cosas son buenas y saludables para el cerebro:

+Oler manzanilla, +Comer salvia, pero no demasiada, +Beber vino con moderación, +Mantener la cabeza tibia, +Lavarse las manos a menudo, +Caminar moderadamente, +Dormir moderadamente, +Escuchar poca música o cantantes, +Comer mostaza y pimienta, +Oler el aroma de rosas rojas, +Limpiar las sienes de la cabeza con agua de rosas.

Capítulo 145 / Estas cosas son malas para el cerebro:

+Todos los tipos de cerebro, +Glotonería, +Ebriedad, +Cenas tarde, +Dormir mucho después de comer carne, +Ira, +Cansancio mental, +Estar mucho con la cabeza descubierta, +Aire contaminado, +Comer demasiado o apresuradamente, +Sobrecalentamiento en el trabajo, +Ver en exceso, +Frío excesivo, +Bañarse demasiado, +Leche, +Queso, +Ajo, +Cebollas, +Demasiado ruido, +Oler una rosa blanca.

Sobre la sección de cosas buenas para el cerebro uno puede estar más o menos de acuerdo, no tanto por saber con certeza qué es directamente bueno para él, sino por ser cuestiones agradables para buena parte de la población. Por ello no hay mucho que decir al respecto. Sobre las cosas malas la cuestión cambia. Con “todos los tipos de cerebro” seguramente el autor se refiera a comer sesos de animales; comer y beber contiene 11 artículos de esta lista de 21, es decir, más de la mitad. Obviamente, la lista es arbitraria, aunque ajustada al sentido común de épocas antiguas en la que llevar la cabeza cubierta y bañarse poco era lo usual. ¿Pero qué hay de malo en oler una rosa blanca?

Hay solo una cosa que se me ha ocurrido para ensayar una conjetura (bastante rebuscada) ante esta drástica aseveración. Tiene que ver con un asunto histórico de mediados y finales del siglo XV en Inglaterra, poco más de un siglo antes de la publicación del curioso libro de medicina. Es el episodio bélico llamado War of the Roses, que llevó a enfrentarse a dos casas dinásticas por el trono del reino: la casa de Lancaster y la de York. Esta última tenía como símbolo la rosa blanca y fue la derrotada en esta lucha por el bando de la rosa roja, comandado por Henry Tudor, que aparece como símbolo de Lancaster en Henry VI de Shakespeare (o como profetiza el “Yorkist” conde de Warwick: “And here I prophesy: this brawl to-day,/ Grown to this faction in the Temple Garden,/ Shall send between the Red Rose and the White/ A thousand souls to death and deadly night”, act.2, esc. 4). El último rey de York, el famoso Richard III, quien inspiró la tragedia shakesperiana homónima, murió, como se sabe, en la batalla de Boswirth Field el 22 de agosto de 1485, en manos de las tropas de Henry, futuro rey de Inglaterra. Montado en un caballo también blanco –tal vez como una forma de simbolizar la rosa de la casa de York– fue asesinado arteramente. Se contaron 11 heridas, 8 de ellas en el cráneo, como han arrojado recientes investigaciones. Así, el pobre Richard comprobó en carne propia que las espadas son, sin duda, más dañinas para el cerebro que las rosas blancas.

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¿Será esta historia una explicación posible para la aseveración del autor de este extraño libro? ¿Será una muestra de lealtad a la dinastía Tudor que gobernará hasta 1606 el rechazo a las rosas blancas como malas para el ser humano y su preferencia por las rosas rojas? ¿O será que la respuesta va por otro lado, al ser estas rosas blancas un símbolo mariano arraigado en el catolicismo del pasado y rechazadas en un presente protestante? No tengo ni la menor idea. De seguro que hay algo que se me oculta y que viene, quizá, por el camino de la alquimia, ciertamente vigente en aquella época. Solo me queda el goce de haberme encontrado con una singular obra, escrita para aliviar a la salud de los más pobres, llena de curiosos consejos para cuidarse de las enfermedades, como estos dos capítulos dedicados a lo bueno y a lo malo para el cerebro.

Nocturno de Budi

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Hace muchos años, en los bordes de la lengua que un lago había alargado más allá de su boca, vivía un pez blanco, fantasmal. Se acercaba silenciosamente desde su ventana de agua para observar mi mirada sobre la tersa ondulación de aquella lengua y la neblina crepuscular que bajaba a humedecerla con las aguas del mar. Ese pez blanco abría sus enormes ojos y, quizás, podía oler mi hambre y mi deseo de matarlo y acostarlo sobre las uñas del fuego. Pero yo no tenía opción: sólo una piedra y un hilo eran el espejismo con el que quería capturarlo y traerlo conmigo.

Era mi propio espejismo, el espejismo del pescador. El fantasma bajo las aguas no parecía inquietarse y se movía como un buque hundido, lentamente, y con los ojos puestos sobre lo que habitaba más arriba de su superficie. Era verano y yo era más joven que un ciervo.

Yo, por esos días, salía a recorrer los leños caídos, la caspa de los árboles, todo aquello que mostraba la mayor ruina de una naturaleza de peces fantasmas que me perseguían. Sabía, sin necesidad de mirar la orilla, que él estaba ahí, siguiendo mis pasos por la comisura de tierra que rodeaba su ventana. Cogía los restos de la madera que los mosquitos derribaron en el transcurso de años y años, tal vez de siglos, para que yo pudiese tomarla como un timón de vida y encenderla bajo una olla todavía vacía.

La caza de peces y de leña son unos de los trabajos más antiguos, pensaba en aquellos años. Y me ufanaba de repetir esa frase y decirla en voz alta, como para que el fantasma me escuchara y sintiera que yo reafirmaba mi condición terrestre. Un pez es un silencio. Pero también había un sonido y un dolor que merodeaban: los insectos voladores podían entrar su aguijón por mi cuello y yo no hacía nada. Eran tantos que me parecía ser atacado por una sinfonía de alas calurosas, de la que yo era un motivo dentro de su espejismo de sed y sangre. Sus pizzicatos no callaban y parecían multiplicarse. Como víctima, yo era el paradigma del hombre inerme en la naturaleza. Sólo me quedaba hacer fuego y dormir cerca de él. El fantasma del lago me mostró por última vez sus ojos en medio de la tenue penumbra y me dormí en el miedo que esparcen los frágiles y repentinos sonidos de la noche.

La cabeza de un gallo abrió las nubes. Era un día distinto a los otros en los que yo acostumbraba despertar. La imagen verde del agua, contaminada de árboles, la disminuida espuma que se desgranaba en el mar y el polvo inmóvil y aplastado en la tierra, figuraban un día distinto, una naranja partida en medio de mi boca, una ausencia de las múltiples divisiones de minutos. El blanco pez que ayer me visitó se había fugado a otra ribera. Era un día distinto, sin duda, con preguntas nuevas. Lo esperé por largas horas en la orilla.

Big Fish eat Little Fish (Pieter Bruegel the Elder)

Big Fish eat Little Fish, 1557 (Pieter Bruegel the Elder)

Abrí un libro, no recuerdo cuál, en una página cualquiera. Nada había acerca de peces o de leña. Recordé, entonces, una imagen de Bruegel el Viejo y me puse a soñar el día en que el visitante se amarraría un par de piernas, saldría con un hermano o hijo en su boca y lo compartiríamos al fuego. Mientras, hablaríamos sobre ambos mundos y las extrañas divagaciones que tuvimos aquella tarde. Yo le hablaría de las ciudades que habían más allá de estas nubosas aguas y él de los ríos, lagos y océanos que todavía no conozco; de sus habitantes, accidentes y noches, de los frutos y de los árboles de cristal de roca. Sería un gran día.

La bruma del crepúsculo volvió a caer sobre Budi. Me recosté sobre la hierba, arropado con su sábana. Miré al cielo, buscando las piedras de calcio que muy lejos comenzaban a aparecer. No recuerdo cuál fue el último pensamiento de aquella noche, ni si hubo una luna grande, esa que levanta los mares y trae a los cangrejos a dormir en la arena.

Arte de pajarear

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Siempre que pienso en los pájaros que escucho, tengo en mi cabeza una imagen de lo que se sostiene en el cielo: es la máquina de sonidos la que se desplaza, baja y, al mismo tiempo, sube a la tierra. Sube, porque se viene allegando a la vida de los que acá estamos pastando, caminando por valles y montes, limitados por las aguas, el infierno y los pájaros.

Las aves de México no dejan de cantar al sol, con sus ojos ruidosos y sus pupilas de bronce. Esa luz me llega a los dedos y con ellos escribo, sin conocerla, sobre la sinfonía que nunca calla, misteriosa y suave, salvajemente suave, como silbatos de madera caminando o saltando de una rama a otra. Hay que escuchar a los pájaros de México, hay que ver cuánto aman la tierra, incluso más que el aire: gustan de pasear en familia por las calles de Coyoacán y detenerse a mirar los invisibles alpistes que imaginan en las piedrecillas. Así, van quijoteando el alimento por esas calles. Y muy pocas veces levantan el vuelo desairando la tierra: aire y tierra son casas, casas de luz y de ojos de bronce de aquellos silbatos de madera, de aquellas bolitas de pluma que nos miran sin comprender nuestro canto, nuestra habla, nuestra armonía en los paseos. Los pájaros de México están tan grabados en mis oídos aun en la hora del sueño: entran al cuarto y se ponen a improvisar su luz aguda en medio de la noche.

Los pájaros nos traen la noticia de los límites, de la altura y de la comprensión. Dicen que el arte de ver y oír es la primera entrada para conocer. Pero esa tarea parece ahora imposible: “aprende primero a escuchar, a escucharnos”, parecen decir las aves. En un arranque profundo de egocentrismo, siento que ellas sólo me hablan a mí. Y lo digo, quizás, con la simpleza típica del forastero que viene llegando a Lagos de Moreno. Los habitantes de esta plaza principal parecen no oírlos, quizás porque ya saben lo que yo no. Intento disimular mi asombro. Pero con qué fuerzas imponen su canto, mientras trato de leer. Con qué energía roban mi plan de lectura, mi plan de fácil adquisición de conocimiento. La máquina de sonidos estruja sus plumas sobre este soleado día. Sólo sé que viven aquí, entre las mujeres, hombres y niños y dicen algo que no entiendo: quizás sólo soy un extranjero en todos los mundos auditivos.

En ésta, la tierra solar de Mariano Azuela, inmensas aves se ponen a cantar los días, desde el aéreo mar que nos remece con su soplo. Estamos muy lejos de la costa, pero se siente la brisa del mar en cada rincón y a cada instante. Ni en Coyoacán ni en La Huacana ni a la sombra del Tepozteco los escuché cantar con tanto brío ni con tanto mar. Su oficio de cielo, su interpretación del cielo como mar, cae empujada por los árboles que, a su vez, interpretan a las alas. Siento que los árboles están a punto de emprender un vuelo, para dejar a los pájaros gobernar la sombra, dibujando el follaje con las notas que yo no consigo interpretar.

Y no es que no tenga experiencia. Nací y crecí en una ciudad, es cierto, pero mi educación consistió, en buena parte, en una educación con animales. Fueron mis primeros maestros y todavía lo son, y me temo serán los que respete como tales hasta mis últimos días. Viví con perros y pájaros que me enseñaron que el ser humano no los posee, que no es dueño de sus vidas, que sólo vivimos con ellos y compartimos con ellos un hogar. Mientras escucho a las aves laguenses, no dejo de pensar en las que vivieron conmigo en mi casa materna: uno de los primeros paisajes que recuerdo de mi infancia es la imagen (detrás de todo, de fondo) de dos canarios blancos como abuelos, que cantaban todo el día en el pequeño departamento santiaguino, y que resistieron, a pesar de sus años, aquel terremoto de 1985. Luego de que la muerte les robó el don del sonido, ocuparon su lugar unas cacatúas o pericos que jugaban fútbol dentro de la jaula. También varios pollos, muertos todos por repentinos derrames cerebrales. Recuerdo que, a menudo, mi abuela o mi madre abrían las puertecillas de la frágil mazmorra que injustamente habitaban aquellas aves para que volaran por la sala un par de minutos: la ansiada libertad, la magia del vuelo sin huida, me hacía temblar de emoción. Volaban y eran libres por algunos minutos, pero sabíamos que no podían escapar. El espíritu perverso de la humanidad me era entregado en ese pequeño gesto digno de La torture par l’espérance de Villiers.

Pero vendrían, más adelante, formas nuevas que irían cambiando mi concepción infantil de esa libertad. Un loro choroy, Matías, de esos que seguramente venderían ilegalmente en algún tren de Temuco, llegó a mi hogar cuando tenía 8 ó 9 años. Caminaba libre por el pasillo del departamento, entraba a mi cuarto, se plantaba en el sofá y comía descaradamente la comida de mi perra. Con Matías tuve por primera vez contacto con una ave en libertad, sin jaulas y sin ventanas cerradas. Recuerdo que palpaba su barriga y lo hacía cantar, cantábamos, la canción típica de cumpleaños. No sabía hablar, pero yo conocía aquellos días en que no andaba de humor: picoteaba la cola de mi perra y no tenía muchas ganas de moverse del sofá. Tenía un carácter definido. Incluso, en una oportunidad, vio que yo estaba jugando en la calle con mis amigos del barrio y decidió unirse al grupo: voló desde la ventana del segundo piso hasta mí, pero en el camino un perro espantó su trayectoria. Tuvo que refugiarse en las ramas más altas de un árbol. Todo el barrio salió en su rescate, pero sólo a mí me permitió rescatarlo. A duras penas escalé hasta donde pude (nunca fui bueno para subir árboles) y él comenzó a bajar hasta mi hombro. Ese día aprendí que él no era sólo un ave casera, sino un amigo. Yo me convertí en un pirata de Stevenson y él en mi Captain Flint.

Y cierto día tuvo un gesto notable: mientras mi madre estaba enferma, le trajo sus semillas favoritas, intentando echárselas en la boca, con el fin de alimentarla y curarla con aquello que a él tanto le gustaba. Sin duda, el contacto con el ser humano, en cierto sentido, lo había humanizado, al igual que a todos mis perros. ¿Cómo preservar la autonomía de estos seres en el contacto con los hombres? Tal vez ellos sólo hacen su papel y aprenden mucho más de nosotros que nosotros de ellos. Ahora me pregunto si alguna vez pude comprender de verdad lo que ellos quisieron decirle a mi infancia. Sólo entendí el lenguaje de amor, un lenguaje traducido a mis infantiles necesidades de ser humano. Sólo queda, en el fondo hueco del corazón, un lenguaje invisible que golpea y marca el pecho, que pone gafas y filtros desde donde miro estas escenas cotidianas, pero sin la capacidad de desnudarlas. Sólo las visto, una y otra vez, con mi memoria. O con sus puentes, las palabras.

Los pájaros laguenses cantan y empujan, con su resorte, un carril de mi memoria. Y sólo consiguen que me enrede más con el amor a esas aves que vivieron conmigo la brutal infancia. Pero hubo otra ave que marcó aquella época. Fue un pichón de zorzal al que, por razones obvias, llamé Gardel. Junto a otros niños, lo rescatamos al pie de un árbol: el fuerte viento había botado el nido y él había caído con los restos de paja. Lo tomé y lo llevé a casa. Lo pusimos en una jaula junto a la ventana para que su madre viniese a verlo y alimentarlo, mientras crecía. Pero ella vino sólo un par de veces con sus gusanos. Ahí decidimos que era mejor criarlo entre nosotros y fue mi abuela mi mayor cómplice.

Mi abuela y yo nos dedicamos a su crianza y, al poco tiempo, volaba libre por el departamento, posándose en las plantas, colgando de las enredaderas que rodeaban ese pequeño espacio donde vivíamos. Gardel era un eterno pichón que, a pesar de convertirse poco a poco en un adulto, jamás quiso alimentarse solo. Esperaba su ración de carne molida en forma de gusano, aleteando y piando como los pichones. Más tarde, esperaba su alpiste de la misma manera. No quería comer del plato, sólo aceptaba el alimento de esa forma, caprichosamente. Y tal como el loro Matías, Gardel gustaba posarse en mi hombro y ver mis dibujos, mis primeros cuentos, mis primeras novelas cuyos argumentos eran plagiados de Papelucho.

Por las tardes de verano, Gardel tomaba su baño. Había que estar atento a las ollas sucias que permanecían llenas de agua y jabón en el lavaplatos, porque esas eran sus piscinas favoritas. Muchas veces lo rescaté del fondo del jabón y la grasa. Muchas veces lo rescaté también de la vieja lavadora cilíndrica que giraba y giraba, y lo hipnotizaba y atraía fatalmente con sus vueltas y su espuma. Gardel era temerario y no le importaba el peligro. De las ollas, como de la lavadora, salía envuelto en espuma y yo tenía que ir a enjuagarlo bajo el chorro de agua del lavamanos; luego, ponerlo al sol, en la ventana, y esperar a que se secase. En esa ventana, la de la cocina, Gardel veía el vuelo de los pájaros. Los miraba con atención y, de vez en cuando, soltaba algún silbido pidiendo la atención de sus congéneres.

Cierto día decidió que era el momento. Esa mañana estiró su plumaje más de lo acostumbrado y voló como loco por el departamento. Eran su entrenamiento final, su anuncio. Se posó en la ventana de la cocina, estiró su cuello y vio: nunca sabré lo que allí vio, pero fue suficiente para que quisiera volar. Y voló. Desapareció entre la espesura del follaje. No recuerdo haber sentido tristeza, sino soledad. Tuve mi gran lección: los animales no nos pertenecen, aunque vivan bajo nuestro techo y los alimentemos. Ellos viven con nosotros y en nosotros. Somos sólo un pliegue, más o menos racional, del mundo.

Ahora sé, ahora, justo en este momento, que nunca comprendí mis lecturas infantiles del obrero socialista John Griffith Chaney, más conocido como Jack London: apenas, a mis cortos años, creí ver que el maltrato a los animales era el eje que movía su escritura. Ahora veo que London hablaba más de los hombres que lo que creí entender cuando niño. La opresora condición humana se definía por no intentar comprender la condición de los animales. El problema era que la lucha de clases nunca había pensado, como su primer paso, la solución definitiva de la lucha de especies, la síntesis final en que el hombre asumía que su condición dominadora era insostenible no sólo para el resto de la naturaleza, sino también para sí mismo. Quizás sea una soberna estupidez pensar las cosas de ese modo, cambiar una perspectiva hacia algo que puede parecer absolutamente pedestre. Pero el darwinismo, al igual que Linneo y su teoría sobre las razas humanas, se mantiene vivo en su aberración y anclado profundamente en los sectores conservadores: los más fuertes deben vivir, el resto que muera; debemos entender a los fuertes, no los fuertes a los más débiles; los mejores (los más ricos) deben gobernar, mientras los peores (lo más pobres) deben obedecer.

Y es así como, ante el conocimiento imposible, los seres humanos nos detenemos de dos formas: seguimos caminando sin apreciar estos cantos o nos sentamos para escuchar la oscura transparencia de esos sonidos con lápiz y papel. Y vemos cómo todo se escurre en la dura alegoría desfondada, en la interpretación que no llega y señala este punto del que nunca hemos intentado partir: escuchar y preguntarnos por qué no podemos saber, por qué nos empecinamos en ignorar y sepultar bajo la escritura lo que no sabemos: “Palabras, palabras –un poco de aire / movido por los labios– palabras / para ocultar quizás lo único verdadero: / que respiramos y dejamos de respirar”, decía Teillier. Prefiero que mi corazón vague por el aire, que siga a esos pájaros, que no quiera responder lo que no sabe; que se reparta en cada nota escuchada de esos cantos y en cada imagen de esas plumas. O, como lo dijo otro pájaro, décadas atrás:

… cuando paso entre los árboles
o debajo de las tumbas
cual un funesto paraguas
o como una espada desnuda,
estirado como un arco
o redondo como una uva,
vuelo y vuelo sin saber,
herido en la noche oscura,
quiénes me van a esperar,
quiénes no quieren mi canto,
quiénes me quieren morir,
quiénes no saben que llego
y no vendrán a vencerme,
a sangrarme, a retorcerme
o a besar mi traje roto
por el silbido del viento…

El ser humano es como las reliquias de los santos: una parte de él por aquí, otra por allá, en todos los lugares hay algo mío, en todos los sitios donde he “pajareado”. Y en que cada una de esas reliquias se erige un templo, una imagen de grandeza sin altura. No hay fieles, sino una sola fidelidad a cada parte donde se siembra el placer, la visión de la alegría, el triunfo pasajero que sin embargo perdura. Y vamos sumando lugares y viajes, y espacio en medio de cada punto donde dejamos algo de nuestro corazón: Santiago, Valparaíso y Budi; Lima, Arequipa y las islas flotantes de los Uros, sobre el Titikaka; en Evanston y en Chicago y también aquí en Winnetka, este hermoso lugar verde y de pájaros rojos, por el que todavía las brisas frescas cruzan con confianza por entre las cosas.

Pero mi corazón, tan repartido, permanece íntegro en su centro: suma y suma espacios y aires, canciones, árboles, tierra y pájaros. Se han alzado templos en mi memoria, desde aquella vez que estuve en lago Budi y me di cuenta de que la tierra tenía lugar en mi mente y en mi pecho, y que yo estaba construido de agua, de peces y también de piedra: ahí fue el lugar donde nací para este mundo, con todo lo que es el mundo, con su riqueza, su pobreza, sus plagas, sus pestes, sus sanidades, sus alegrías y depresiones. Ahí sentí la hondura del abismo personal y la cima o cumbre que se puede encontrar en el mundo. Y de allí también recuerdo un pájaro secreto: un martín pescador, en la altura de su rama, cantaba al borde del lago, mientras un pez blanco se acercaba a la orilla a verme y olerme. Esa fue mi revelación. Todos hemos tenido o tendremos una. La mía fue así, simple, que bien pudo pasar desapercibida. Tuve la suerte de poder captarla y atesorarla. Cuando la recuerdo, siento que esa imagen sobre la alta rama de un árbol me cantó una vida nueva. Tal vez es el oficio de morirse y renacer en los sitios amados. Ese aprendizaje hizo crecer mi espíritu, convertirme en oído y en ojo, en el martín pescador y en su nota, en el pez blanco del lago y en su propia blancura y su curiosidad. Quizás el día, el minuto en que muera, recordaré toda esa revelación como el modo en que viví y me hice un ser humano: ser de papel y de carne, pero también un ser “como la luz de una jarra de agua / lanzada inútilmente contra las tinieblas”.

Lagos de Moreno, Jalisco, 20 de marzo de 2010.                                         Winnetka, Illinois, 7 de julio de 2011.

Alma peregrina por Carrillo Puerto

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Alma Reed y Felipe Carrillo Puerto

Este escrito trata sobre lo que se esconde tras el nombre de una calle, una de las muchas que conocí en mi vida mexicana. Yo tenía dos favoritas en el Distrito Federal: una de ellas, por la que me gustaba llegar al centro de Coyoacán, era Francisco Sosa. La segunda era Carrillo Puerto. Si bien la primera era de una belleza máxima, la segunda ofrecía cosas que aquella no tenía: un par de buenas librerías de viejo (también una Gandhi) y lugares donde echarse unos buenos tacos. Hace dos años que dejé mi vida mexicana, aunque la sigo viviendo a mi manera: recuerdos, sueños, conversaciones, las típicas epifanías profanas de un mundo vivido y amado.

Así fue como, leyendo una introducción a la obra de Benjamin Franklin, para encontrar más pistas y conexiones de las traducciones que José Antonio de Alzate y Ramírez -destacado científico novohispano- hizo de algunos escritos de Franklin, me acordé de que alguna vez anduve tras un breve texto de no más de dos carillas sobre el científico novohispano Alzate y Ramírez, llamado “Jose de Alzate y Ramírez: Mexico’s Ben Franklin”, escrito por Alma Reed. El epíteto dado en el título del artículo bastó para encender mi curiosidad: para mí también Alzate era para México lo que Franklin para Estados Unidos. Este brevísimo trabajo es casi imposible de encontrar y sólo la American Philosophical Society de Pennsylvania guarda una copia. ¿Y qué tiene que ver la calle Carrillo Puerto en todo este asunto?

Alma Reed fue una periodista famosa que dedicó buena parte de su vida a denunciar el sufrimiento de muchos inmigrantes mexicanos que vivían en California. Incluso, según se dice, consiguió (mediante sus artículos periodísticos) que un muchacho mexicano de 17 años no fuera castigado con la pena de muerte. Es más: gracias a sus esfuerzos algunas leyes punitivas fueron derogadas. Su lucha le valió una invitación a México, extendida por el presidente Álvaro Obregón. Esa era, muy resumidamente, Alma Reed, la autora de aquel deseado artículo. Pero, ¿qué hay de Carrillo Puerto?

Gracias a esta suerte de fracaso en conseguir el texto, seguí buscando por todas partes más detalles sobre la vida de Alma Reed en México. Y algo apareció. Ella estuvo comprometida con Felipe Carrillo Puerto (sí, el del nombre de la calle), en ese entonces, en los años 20, gobernador de Yucatán. Con él recorrió buena parte de aquel hermoso estado. Después de este recorrido, y de haber escuchado testimonios acerca del saqueo arqueológico sufrido por Yucatán, en manos del arqueólogo Edward H. Thompson, escribió un artículo denunciando el robo del patrimonio yucateco que había sido vendido al museo Peabody de Harvard University. Este escrito causó gran escándalo en este país y valió que la universidad devolviera, avergonzada, alguna de estas piezas históricas.

Sobre el amor entre Alma Reed y Carrillo Puerto, nacido en tierras yucatecas, se han escrito incluso libros (Passionate Pilgrim: The Extraordinary Life of Alma Reed,1994, por Antoinette May) y una compilación de los escritos de la periodista (Peregrina: Love and Death in Mexico, 2007). Todos hemos escuchado aquellas típicas comparaciones entre las relaciones amorosas del pasado (románticas, paulatinas, “aboleradas”) y las del presente (inmediatas, inconstantes, nihilistas). Como buen cliché, algo de razón tienen. Quizás nadie se atrevería hoy en día a escribirle una canción al ser amado, o encargar una; a lo más, algunos habremos escrito poemas, poemitas, que con el tiempo se transformaron en un testimonio vergonzoso de la idealización (o idiotización) que vivimos frente a lo que antes se denominaba como “la razón de nuestros desvelos.” Carrillo Puerto era de esos hombres del pasado, en tiempo y sentimientos: el llamado “apóstol rojo de los mayas”, mandó a componer una canción a su novia, llamada Peregrina, escrita por Luis Rosado Vega y música de Ricardo Palmerín. Así cuenta Rosado Vega el nacimiento de la canción:

La letra fue simple consecuencia de una lluvia primaveral. Llovió copiosamente una tarde, y esta lluvia auspició una noche espléndida. Teatro, la Casa del Pueblo durante un festival. Concluido éste, nuestro inolvidable Felipe Carrillo Puerto, Alma Reed –la singular, por bella, periodista norteamericana, pero del sur de los Estados Unidos, o sea de San Francisco, California– y yo debíamos asistir a un convivio en la casa del maestro Filiberto Romero, director de la Escuela de Música. […] En el auto iba Alma sentada entre Felipe y yo. Entramos en el suburbio de San Sebastián. Con el aguacero de la tarde la tierra había abierto sus entrañas, y despedía de ella misma ese grato y sugestivo aroma de la tierra cuando acaba de ser fecundada por la lluvia. […] y Alma dilató el pecho como para absorber a pleno pulmón aquellas fragancias y dijo: “¡Qué bien huele!” Le salí al paso con una frase simplemente galante: “Todo huele bien porque usted pasa. Tierra, flores, quisieran besarla y por eso llegan a usted con sus perfumes.” Dijo Felipe al punto: “Eso se lo vas a decir en un verso.” Contesté: “Se lo diré en una canción.” Alma rio argentinamente. Así reía. Concluido el convivio y ya en mi casa, compuse la letra. No podía olvidar a Palmerín. En la mañana siguiente lo busqué y se la di. Dos días después ya había nacido la canción. Y eso fue todo.*

La boda entre Alma Reed y Carrillo Puerto fue acordada: sería en San Francisco, la ciudad natal de la novia. Y es aquí cuando, como buena historia romántica, viene a tocar la puerta la sorpresiva tragedia: mientras Reed se fue a preparar la boda con Carrillo Puerto a la ciudad californiana, el gobernador de Yucatán (medio maya, como por ahí he leído) era asesinado por la gente delahuertista en Mérida, la madrugada del 3 de enero de 1924.

Peregrina

Peregrina de ojos claros y divinos
y mejillas encendidas de arrebol,
mujercita de los labios purpurinos
y radiante cabellera como el sol.

Peregrina que dejaste tus lugares,
los abetos y la nieve, y la nieve virginal,
y viniste a refugiarte en mis palmares
bajo el cielo de mi tierra, de mi tierra tropical.

Las canoras avecitas de mis prados
por cantarte dan sus trinos si te ven,
y las flores de nectarios perfumados
te acarician y te besan en los labios y en la sien.

Cuando dejes mis palmares y mi sierra,
peregrina del semblante encantador,
no te olvides, no te olvides de mi tierra;
no te olvides, no te olvides de mi amor.*

 

No comentaré esos horribles y desacertados apelativos de mujercita, o eso de labios purpurinos, nieve virginal o nectarios perfumados. Por lo general, las letras musicales (por cuestiones de ritmo, difusión masiva u otras que desconozco) van a la zaga de las artes con las que les toca convivir. Pero hay una cosa cierta, en la que Rosado Vega no se equivocó: Alma Reed no se olvidó de México jamás. Siguió promoviendo el arte mexicano desde los Estados Unidos, hasta, finalmente, volver a México y residir hasta sus últimos días en el Distrito Federal. Allí murió en 1966.

Creo haber leído por ahí que sus cenizas fueron llevadas a Mérida, por expresa petición testamentaria, para descansar junto a los restos de Carrillo Puerto, aquel malogrado gobernador que dio nombre a esa bella calle que me gustaba recorrer en mi vida mexicana. El final de esta historia me parece lo suficientemente romántico y lo acepto como verdadero. No hay más. Y, quizás, tal como tuve la fortuna de encontrarme con esta historia gracias a un fracaso bibliográfico, tenga la suerte de encontrarme el artículo de Reed buscando otra cosa.

Princeton, 26 de Mayo 2013

On Jerry’s Treasure

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Marines rest in the field on Guadalcanal

Conocí a Jerry en el último invierno de su vida.

Antes de visitarlo en su casa y verlo por primera vez, observé que en la entrada había un dálmata de cerámica, casi de tamaño natural. Nunca había visto algo así, lo cual me reconfortó y me alegró íntimamente: mi infancia no estaba perdida, pues aún había objetos en el mundo que me conmovían. Sentado espléndidamente en sus patas traseras, el dálmata de Jerry tenía una actitud estoica y radiante. No podría decir que era una imagen feliz; la felicidad es algo pasajero que puede durar años, pero no toda la vida. Quizás era ni más ni menos que la copia de una eternidad finita. Por delante de sus ojos pasaron muchos otoños, soles, estaciones de nieve, lunas, ardillas y visitantes. Me contaron que aquel dálmata permaneció por años en ese mismo sitial, que era la réplica exacta de uno verdadero, llamado Gomes. Gomes murió, como mueren todos los seres de aire. Pero su espejo permaneció ahí por mucho tiempo más, incluso años después de que Jerry falleciera. Acaricié su cabeza (como lo hice en cada visita) y entré. La nieve de Winnetka siguió cayendo a mis espaldas.

El primer regalo que recibí en estas tierras vino de Jerry. Una bella corbata marrón –como le gustaban a mi abuelo– salió inesperadamente a mi encuentro. Junto con ella, escrita con la letra temblorosa que graban los años, una tarjeta de bienvenida. “Welcome to Chicago”, se podía leer claramente. A pesar del escalofrío que recorría a cada palabra, las líneas de ida y vuelta, los arpegios, las columnas descendentes y ascendentes, apígrafes, espinas y espolones, me hicieron comprender que estaba frente a un hombre que había pasado por la vieja escuela de la caligrafía. Tal vez sus años en Dartmouth (de cuyo edificio guardaba una enorme fotografía) reforzaron el arte de su escritura, en aquel tiempo en que los judíos, como él, tenían cupos restringidos para integrar los salones universitarios. “Welcome to Chicago”, repetí en silencio. Él lo dijo en voz alta. Debo decir que si el viento fuera papel, la voz de Jerry sería tan caligráfica como su escritura.

Luego dijimos algo; supongo que fue lo propio del ritual de los saludos y de las preguntas típicas a quien viene de afuera. De todas formas, no creo que yo hubiese podido decir mucho: mi espantoso inglés de ese momento y la timidez de quien tiene conciencia de no estar hablando ninguna lengua en particular, no lo hubiesen permitido. Si bien no recuerdo de qué trató esta primera conversación, tengo frescas aquellas fotos que me mostró: viajes por Grecia, España, Japón, y por los colores de México, quizás de una plaza de Coyoacán. Jerry había viajado mucho, ya sea por placer o por negocios; la venta de relojes lo llevó por varias ciudades de Estados Unidos y también de Asia. Pero el viaje más importante de su vida no fue de placer ni para visitar bellos lugares. Corría el año de 1942.

La guerra, inventada por los viejos y los poderosos para que los pobres y los jóvenes reciban la muerte, llamó a muchos de la generación de Jerry. “Tout meurtrier est puni, à moins qu’il n’ait tué en grande compagnie, et au son des trompettes”, decía acertadamente Voltaire en la entrada sobre el Derecho de su Dicctionaire Philosophique. Tal vez Voltaire era sólo un sarcástico nihilista, pero es difícil no estar de acuerdo con él. No sé si Jerry pensaba lo mismo. Para muchos, como para él, la Segunda Guerra no fue una simple masacre legal al son de las trompetas o una lucha por el poder y la subyugación de otros pueblos, sino la última lucha acompañada por ideales de libertad. Es probable que Jerry, envuelto por las fanfarrias democráticas de esos años, la creyera así. Pero si hubo algo seguro fue que su odio al nazismo lo enlistó en el frente, aunque no pudo viajar hasta aquella Europa enferma como tanto deseaba. Quería ver cara a cara a los soldados alemanes. Quería oír los gritos de rendición en esa lengua constipada que tanto odiaba, tanto como a Henry Ford. Pero fue puesto en el mar, cuando tenía 25 años, a bordo del portaviones USS Wasp (CV-7). Esa fue su única navegación por las aguas del Pacífico.

En ese tiempo de nuestro primer encuentro yo fumaba cigarrillos. A modo de confesión, quisiera agregar que, a pesar de mi vicio, nunca fui un fumador convencido. Me gustaba hacerlo, siempre me había gustado el sabor del tabaco. Desde niño me gustaba oler las colillas que encontraba tiradas por ahí. Siendo ya un adolescente, decidí encender uno por primera vez. Más grande, me convertí en un fumador profesional. Claro, en ese tiempo pensaba que lo que fumaba era tabaco. Con los años comencé a pensar que fumar cigarrillos era como beber para emborracharse, casi como lo haría un alcohólico: el puro gusto era una cuestión secundaria, sólo un primer impulso. Pero en esos años fumaba cigarrillos y disfrutaba de aquel placer culpable.

Como correspondía a un amante de la nicotina, no pensé dos veces mi deseo por quemar uno. Salí de la casa de Jerry y me fui a parar junto a la réplica de Gomes. Allí seguía, mirando la nieve, despreciando a las ardillas que brincaban de un lado a otro dejando pequeños rastros. Los pájaros, sin excepción, se asomaban en pijamas desde las ramas cubiertas de blanco, lanzando agudos y vibrantes bostezos. Encendí mi cigarrillo y miré hacia el cielo sin fondo. Mientras fumaba, no sé por qué motivo pensé que la soledad de aquel invierno se parecía demasiado a los veranos de mi infancia. Le ofrecí la última pitada al dálmata y entré.

Cuando Jerry se enteró de mi vicio sonrió. Me contó que dejó de fumar de un día para otro, cuando se dio cuenta de que tenía encendidos diez cigarrillos al mismo tiempo y por toda la casa. Eso había sido mucho, me dijo. Pero no se arrepentía de haber sido un fumador empedernido. “Smoking saved my life, Francisco. I’ll tell you why…” y sonrió. Nos sentamos y hablamos de aquel suceso.

“Ya sabes, yo quería pelear en el frente europeo; lamentablemente, no fue posible. Nos enviaron al Pacífico, a bordo de USS Wasp, para pelear contra los japoneses. Nunca había puesto antes un pie sobre un barco. Me puse bajo las órdenes de los superiores y ordené a quienes estaba bajo mi mando. Uno de aquellos días (de los seis meses que duró la batalla de Guadalcanal) estábamos en un rato de ocio. Los muchachos y yo nos fuimos a la sala de esparcimiento. Allí estaba casi toda la tripulación. Algunos jugando póker; otros simplemente riendo de chistes o hablando de cosas graciosas. Había que mantener el sentido del humor.

“Debo decir que el ambiente era de total relajo; una espesa nube de humo cubría nuestras cabezas, hoy algo impensado en este país, donde fumar es el mayor delito del mundo. Pero nosotros éramos hombres del pasado. En una de esas mesas estaba yo, fumando y divirtiéndome. Cuando al correr de los minutos me di cuenta de que sólo me quedaba un cigarrillo me levanté para ir a buscar más. Nunca fui bueno para dejar que otros mantuvieran mi vicio. Los muchachos me ofrecían de los suyos, pero no acepté. Da lo mismo, decían, y era cierto. La Armada nos regalaba cajas y cajas de cigarrillos, cuyos paquetes estaban envueltos con propaganda de la guerra. ¡No sabes cómo nos ayudaba fumar! Como te digo, me levanté, a pesar del ofrecimiento de los muchachos, y fui a mi cuarto por más cigarrillos. Bajé las escaleras rápidamente. Y cuando abrí la pequeña puerta de mi recámara escuché y sentí algo terrible: un ruido atroz y profundo, que tal vez duró minutos, y un remezón casi simultáneo que me tumbó por el piso.

“Apenas pude ponerme de pie, intenté buscar el origen de aquello que yo pensé había sido un ataque. Todos los indicios me llevaron al salón donde estaban los muchachos. El humo espeso, ya no de los cigarrillos, confirmó mi pensamiento: había sido un ataque, un letal ataque. En ese ambiente no se podía ni ver ni respirar. Traté de buscar un lugar libre de humo, tomar aire y partir rumbo al salón. Las llamas lo consumían todo y, por debajo de ellas, los gritos de auxilio de los pocos que habían sobrevivido. Cuando logramos reunirnos los sobrevivientes nos dedicamos a la horrible labor de juntar los cuerpos o lo que quedaba de ellos. Pero pronto tuvimos que lanzar las lanchas al mar: el portaviones se estaba comenzando a hundir. Y una vez en el mar vimos un número infinito de cuerpos flotando sobre las aguas que comenzaban a enrojecerse; eran verdaderas islas humanas. Como pudimos los llevamos hasta la playa más cercana y los dejamos en la arena. Y así, poco a poco, íbamos por más y más, hasta que recibimos la ayuda de otros compañeros que estaban en tierra firme.”

Jerry se emocionó en su relato. Pero no dejó que la tristeza impusiera sus condiciones. Rápidamente agregó: “Por eso te decía que fumar me había salvado la vida.” Sonrió y nos levantamos. Era la hora de la cena. Ya era Navidad.

La segunda vez que vi a Jerry fue la última. Era verano. Los pájaros lucían su plumaje desnudo sobre las ramas pobladas de verde; las ardillas husmeaban con su precaución habitual cualquier semilla o insecto. Mientras tanto, la esfinge canina seguía allí con la postura de siempre, mirando el fondo invisible de las cosas. La saludé de pasada. Subí las escaleras.

Acostado en su cama, Jerry me recibió con su calidez habitual. No tenía ánimo para estar de pie. Supe que él había escapado de la muerte un par de veces más después de aquel suceso en Guadalcanal: había derrotado un cáncer y otras enfermedades, pero el desgaste de aquellas luchas terminó por pasarle la cuenta. Él lo sabía, aunque siempre estaba de buen ánimo. “Terrific!”, me respondió entusiasta cuando le pregunté cómo estaba. Me lo dijo sin ironía alguna, aunque sabía que se estaba muriendo. Jerry no dejaba de sonreír y de decir cosas graciosas, mientras revisaba los numerosos diarios que le traían hasta su cama. De ellos había sacado un pequeño recorte que me mostró. “It is about a Chilean writer, Roberto Bolaño. Somebody translated his book into English, which has numbers instead of letters”, dijo risueñamente, mostrándome la imagen de la portada. Sonreí con él. “What do you think about Bolaño?”, me preguntó. “I’ve never read him”, le respondí. Luego continuó hablando en contra de los republicanos, enojándose con las estupideces que habitualmente dicen, de lo bueno que era tener de presidente a un tipo como Obama. Más tarde supe que él había salido varias veces a marchar por las calles junto con los negros, en apoyo a la igualdad de derechos. Ya viviendo en este país, me enteré de otras cosas: que el gran cambio se dio sólo en las formas y que, como mi país natal, éste es un lugar de ghettos bien o mal disfrazados.

Esta vez mi visita fue más corta que la anterior: un largo viaje al sur del mundo me esperaba. No obstante, antes de despedirnos, le recordé que en el Año Nuevo pasado habíamos cantado un bolero, mientras bebíamos una copa de champaña con el resto de la familia. “Bésame, bésame mucho”, cantamos nuevamente. Todos los presentes rieron. Antes de marcharme, me felicitó por mi inglés, pues había mejorado mucho. De más está decir que me alegró la noticia. Nos dimos el último apretón de manos. Yo no intuí que ésa iba a ser la última vez que lo vería, aunque sabía que estaba muy enfermo. Sin contarle a nadie, Jerry había decidido no seguir viviendo.

Una semana más tarde hablamos por teléfono; fue nuestra última conversación. A pesar de que a él no le gustaba mucho hacer o recibir llamadas, hablamos largamente. Sin duda, fue una licencia que se dio (y un regalo para mí) a modo de despedida. Me preguntó por mi familia, por el clima, por los árboles; de cómo era el invierno en mi país, si llovía, si nevaba. Preguntó si estábamos bien, si nos estábamos divirtiendo. Se alegró mucho de que todo estaba en orden. Le dije que pronto esperaba verlo, apenas volviésemos a Chicago. Dijo que se alegraría mucho de recibirnos. Cuando colgamos, Jerry continuó su camino. Yo, el mío, por las húmedas y grises calles del Santiago invernal. Días más tarde, recibimos la noticia de su dolorosa agonía; uno o dos días después, el de su muerte.

Jerry dejó al morir una caja de madera. En ella guardaba algunos de sus tesoros. De vuelta en Chicago, pude descubrirlo: la cajetilla de cigarros, con la imagen de un barco de guerra, quizás aquella que le salvó la vida; uno de los relojes que lo llevaron a recorrer una parte del mundo; una fotografía junto con su esposa, partiendo con una mano el pastel de boda, mientras que con la otra sostenía su por esos años infaltable cigarrillo. Al ver ese conjunto de recuerdos, pude ver fragmentos de la vida de Jerry; estos fragmentos eran también las pruebas de su historia contada. Recordé su anécdota de la guerra, la fortuna que tuvo al ir por sus cigarrillos, la corbata marrón, la tarjeta de bienvenida con su letra temblorosa, sus viajes. Su museo personal era un disparador de mi memoria sobre nuestros escasos encuentros. Ante aquellos objetos, comprendí que el tiempo, más que extensión, tiene profundidad, como el fondo de una caja inmensa o como el espacio en el que viven y por el cual se mueven los planetas, los animales celestes y los bosques solares que estiran sus raíces.

Es verdad que en ese pequeño baúl había muchas cosas más, aunque no las recuerdo todas. Pero una de ellas era muy significativa: la fotografía de Jerry junto a Gomes. Sentado en un amplio sofá estaba él, con menos años que cuando lo conocí. Sobre su rodilla descansaba la cabeza de aquel dálmata, dormitando. No sé por qué, pero en ese momento, viendo aquella imagen, pude sentir la profunda soledad de aquella réplica apostada en la entrada de la casa. Seguía allí, estoica, cuidando a alguien que ya no estaba. Jerry había muerto. Cuando no haya más hombres sobre la tierra, pensé, las cosas, los objetos que construimos para llenar nuestros vacíos o necesidades, conformarán un museo de la humanidad para visitantes desconocidos y darán fe de que alguna vez existimos.

Princeton, 11 de septiembre de 2012.

Pájaros con sentido del humor / Birds with a Sense of Humor (un cuento de Mark Twain)

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En los ratos de ocio (que ahora son muchos) me he puesto a traducir un escrito de Mark Twain, llamado “Birds with a Sense of Humor” (también conocido como “Jim Baker’s Blue Jay Yarn”). El protagonista es un blue jay, pájaro con quien muchas veces me he cruzado paseando en bicicleta por el camino del Delaware and Raritan Canal de Princeton. Nunca antes había reconocido esta ave, sino poco tiempo atrás, y gracias a mi amigo Gonzalo Aguirre. Hace quizás dos años, Gonzalo me dio una copia de un documental realizado por Polo Gutiérrez llamado Blue Jay. Notas del exilio, que trata sobre un grupo de escritores chilenos exiliados en Canadá. Reacio como soy a ver cintas (del género que sean), la vi hace pocas semanas. El título del documental proviene de una reflexión del fallecido poeta Gonzalo Millán, con respecto a la asimilación del inglés por parte de los escritores de habla española: ¿cómo se podría traducir el nombre de blue jay en un poema escrito en español? ¿Arrendajo? ¿Azulejo? No es preciso: el blue jay sólo vive en Norteamérica, específicamente en el espacio que ocupan los Estados Unidos y Canadá. El blue jay es sólo blue jay. Aunque Jim Baker, el narrador de la graciosa historia, explica que este pájaro es casi lo mismo que un ser humano.

Blue Jay

Pájaros con sentido del humor 

(Traducido por José Francisco Robles)

Evidentemente, los animales hablan entre ellos. No hay duda alguna. Pero, supongo, hay muy pocas personas que pueden entenderlos. Jamás conocí a nadie que pudiera hacerlo, salvo a uno. Sin embargo, lo supe porque él mismo me lo contó. Este hombre era un sencillo minero de mediana edad, que había vivido una buena cantidad de años en un solitario rincón de California, entre bosques y montañas. Había estudiado las costumbres de sus únicos vecinos, las bestias y los pájaros, hasta que creyó que podría traducir fielmente cualquier comentario que ellos hacían. Éste era Jim Baker. Según Jim Baker, algunos animales tienen nada más que una educación limitada: usan sólo palabras muy simples y, rara vez, utilizan una comparación o una florida retórica. En cambio, otros tienen un vocabulario amplio, un fino manejo del lenguaje y una ejecución elaborada y fluida. Por consiguiente, estos últimos hablan mucho, les gusta hacerlo. Ellos están conscientes de su talento y disfrutan presumirlo. Baker dijo que, después de una larga y cuidadosa observación, había llegado a la conclusión de que los blue jays eran los mejores habladores que él había hallado entre los pájaros y las bestias. Dijo:

 “Hay más en un blue jay que en cualquier otra criatura. Él tiene más estados de ánimo y tipos de sentimientos que otros seres. Pues, verá, que lo que sea que un blue jay sienta lo puede expresar mediante el lenguaje; y tampoco un simple lenguaje común, sino sonando completamente a como hablan los libros, y brillando en metáforas. ¡Sí, señor, brillando! Con respecto al manejo del lenguaje, jamás verá a un blue jay trabarse con una palabra. Nigún hombre lo ha visto. ¡Pues emanan de él! Y otra cosa: me he fijado mucho que no hay pájaro o vaca o cualquier cosa que utilice tan buena gramática como un blue jay. Puede decir que un gato tiene buena gramática. Pues bien, un gato la tiene. Pero deje, por una vez, que un gato se ponga nervioso; deje que, de noche, llegue a jalar del pellejo a otro sobre un cobertizo y oirá una gramática que le dará tétanos. La gente ignorante piensa que es el «ruido» de los gatos al pelearse lo desagradable, pero no es esto: es la asquerosa gramática que ellos usan. Ahora bien, jamás he escuchado a un jay utilizando una mala gramática, sino muy raramente. Y cuando lo hacen, se avergüenzan tanto como un humano: bajan la cortina y se van.

 “Puede llamar al jay un pájaro. Bien, eso es lo que es, hasta cierto punto (puesto que tiene plumas y, quizás, no pertenece a ninguna iglesia); pero, aparte de eso, él es tan humano como usted. Le diré por qué.  Las virtudes, los instintos, los sentimientos e intereses de un jay, lo abarcan todo. Un jay no tiene más principios que un congresista. Un jay mentirá, robará, engañará, traicionará, y, cuatro veces de cinco no cumplirá con sus más solemnes promesas. Lo sagrado de una obligación es una cosa que no puede meter dentro de la cabeza de ningún blue jay. Ahora bien, además de todo esto, hay otra cosa: un jay puede superar en palabrotas a cualquier señor de las minas. ¿Cree que un gato puede insultar? Pues bien, puede. Pero dele al blue jay un motivo que requiera de este «poder reservado»: ¿dónde queda su gato? No me diga nada, que sé demasiado de esto. Y todavía hay otra cosa: hablando particularmente de regañar –de un regaño absoluto, bueno y completísimo–, un blue jay puede extenderse sobre cualquier cosa, humana o divina. Sí, señor, un jay es todo un hombre. Unjay puede llorar, un jay puede reír, un jay puede sentir vergüenza, un jay puede pensar, planificar y discutir; un jay gusta del rumor y del escándalo, un jay tiene sentido del humor, un jay sabe cuando es un imbécil, tan bien como usted, o quizás mejor. En fin, creo que si un jay no es un humano, por lo menos se comporta como tal. Ahora bien, le voy a contar un hecho totalmente real sobre ellos.

  La historia del blue jay de Baker

“Cuando en un principio comencé a entender correctamente el lenguaje del jay, un pequeño incidente había pasado aquí. Siete años atrás, el último hombre en la región (aparte de mí) se mudó. Allá está su casa, vacía desde entonces: una casa de madera, con techo de tablas, con sólo un cuarto grande y nada más; sin cielo raso y nada entre las vigas y el piso. Pues bien, un domingo por la mañana yo estaba sentado aquí afuera, en frente de mi cabaña, tomando el sol con mi gato, mirando las azules colinas, escuchando el susurro de las solitarias hojas en los árboles, pensando en el lejano hogar, “allá” en los Estados Unidos (del que no he oído desde hace trece años), cuando un blue jay se posó en aquella casa, con una bellota en su pico, diciendo: ‘¡Hola! Creo que me topé con algo’. Cuando habló, la bellota, por supuesto, cayó de su pico y rodó por el techo, pero no le importó. Su mente estaba totalmente puesta en lo que había encontrado: un hoyo en el techo. Ladeó su cabeza, cerró un ojo y puso el otro hacia el agujero, como una zarigüeya mirando adentro de una jarra. Luego, miró hacia arriba con sus brillantes ojos, dio uno o dos aletazos –lo cual significa gratificación, como comprenderá– y dijo: ‘Esto parece un hoyo, está puesto como un hoyo, ¡qué me fusilen si no es un hoyo!’

 “Luego, inclinó su cabeza hacia abajo y echó otra mirada. Esta vez, subió la vista totalmente alegre, agitando tanto sus alas como su cola: ‘¡No, señor, esto no es poca cosa… creo! ¡Vaya que estoy de suerte, porque éste es un hoyo perfectamente elegante!’. Entonces, voló abajo, tomó la bellota, la trajo hasta arriba y la tiró adentro. Justo estaba echando su cabeza para atrás (con la más celestial sonrisa en su cara) cuando quedó repentinamente paralizado en actitud de escuchar: aquella sonrisa poco a poco se esfumó de su semblante (como el aliento desde una navaja) y la más extraña mirada de sorpresa tomó su lugar. Entonces dijo: ‘¡Vaya, no la escuché caer!’ Dirigió nuevamente su ojo hacia el hoyo y lo miró por un buen rato. Levantó su cabeza y la sacudió, rodeó el agujero por el otro lado y echó una mirada desde allí. Sacudió su cabeza nuevamente. Pensó por un rato y luego entró en detalles; caminó alrededor del hoyo y espió adentro inútilmente desde todos los puntos cardinales. Sobre el caballete del tejado, adoptó una actitud pensativa y se rascó por un minuto la nuca con su pata derecha. Finalmente dijo: ‘Bueno, es cierto, esto es demasiado para mí. Debe ser un tremendo y enorme agujero. Sin embargo, no tengo tiempo para tontear aquí, pues tengo negocios que atender. De todas maneras, creo que estaría bien probar suerte.’

 “Entonces, se echó a volar, trajo otra bellota y la dejó caer en el hoyo, e intentó mover su ojo hacia el agujero lo suficientemente rápido para ver qué sucedía. Pero demoró mucho. Mantuvo su ojo pegado a él no más de un minuto; luego se irguió, suspiró y dijo: ‘¡Maldición! Creo que no entiendo nada de nada. No obstante, lo intentaré nuevamente.’ Trajo otra bellota e hizo lo posible para ver qué le ocurría, pero no pudo: ‘Jamás me topé antes con un agujero como éste. Opino que es de un tipo totalmente nuevo.’ Luego, comenzó a irritarse. Se contuvo por un rato, caminando de arriba abajo por el caballete del tejado, sacudiendo su cabeza y refunfuñando para sí. Pero sus emociones lo superaron inmediatamente: reventó y se maldijo hasta el cansancio. Nunca vi a un pájaro aproblemarse tanto por algo tan pequeño. Cuando se calmó, caminó hacia el hoyo y miró dentro de nuevo por medio minuto, y dijo: ‘Eres un agujero grande, un agujero profundo y un enorme y singular hoyo, y todo eso, pero he comenzado a llenarte, ¡y estoy frito si no te lleno, aunque me tome cien años!’

 “Al decir esto, se fue. En toda su vida jamás usted vio a un pájaro trabajar así. Emprendió su labor como un negro. La manera en que tiró las bellotas dentro de aquel hoyo, por más de dos horas y media, fue uno de los espectáculos más fascinantes e increíbles con que jamás me topé. Nunca más paró a echar una mirada; sólo las tiraba dentro e iba por más. Finalmente, apenas podía agitar sus alas, pues estaba exhausto. Desfalleciente y sudando, como una jarra de hielo, dejó caer una bellota una vez más, y dijo: ‘¡Creo que ya te he llenado!’. Entonces, se inclinó para dar una mirada. ¿Me podrá creer? Cuando levantó su cabeza nuevamente, estaba colorado de rabia: ‘¡He tirado paladas de bellotas en él, suficientes como para mantener a mi familia por treinta años! Y si puedo ver siquiera una señal de una de ellas, ¡qué aterrice en dos minutos en un museo con la barriga llena de aserrín!’

  “Ya tenía sólo fuerza suficiente como para treparse sobre el caballete del tejado y apoyar su espalda contra la chimenea. Recapacitó sobre sus impresiones y comenzó a despejar su mente. Comprendí inmediatamente que lo que yo había confundido como blasfemia en las minas eran sólo los «rudimentos», como usted diría.

 “Otro jay que estaba pasando, lo escuchó haciendo sus «rezos» y paró para preguntarle qué había ocurrido. El abatido pájaro le contó íntegramente el caso y le señaló: ‘Ahora bien, allí está el hoyo, y si no me crees, ve y mira por ti mismo.’ Entonces, el compañero fue y miró; volvió y dijo: ‘¿Cuántas dijiste que pusiste ahí dentro?’ ‘No menos de dos toneladas’, respondió el desconsolado. El otro jay fue y miró otra vez. Parecía no entenderlo. Entonces lanzó un grito y vinieron tres jays más. Todos ellos examinaron el agujero e hicieron que el apesadumbrado pájaro les contará el caso de nuevo; luego lo discutieron y surgieron tantas opiniones estúpidas sobre el asunto como hubiesen salido de una mediana multitud de humanos.

 “Ellos llamaron a más jays, a más y más, hasta que muy pronto esta región entera parecía tener un arrebol azul cubriéndola. Deben haber estado cinco mil de ellos y una vocinglería, disputas, alboroto y maldiciones, como jamás usted lo ha oído. Cada uno de los jay del grupo inspeccionó el hoyo y lanzó una opinión más disparatada acerca del misterio que la de quien le precedía. También inspeccionaron completamente la casa. Como la puerta estaba entreabierta, un viejo jay, al fin, se acercó a ella por casualidad, se posó encima y miró adentro. Por supuesto, aquello despejó inmediatamente el misterio: allí yacían las bellotas, esparcidas sobre el piso. El viejo jay sacudió sus alas y lanzó un grito: ‘¡Vengan aquí!’, dijo, ‘¡Vengan aquí todos! ¡Que me cuelguen si este idiota no ha estado intentando llenar una casa con las bellotas!’. Todos bajaron en picada como una nube azul. Y en cuanto cada camarada se posaba en la puerta y echaba una mirada, le conmovía la total ridiculez de la tarea que aquel primerjay había emprendido, cayendo de espaldas con sofocantes carcajadas, mientras el siguiente jaytomaba su lugar y hacía lo mismo.

 “Pues bien, señor, ellos permanecieron aquí por una hora, sobre el tejado de la casa y en los árboles. Y se rieron del asunto como seres humanos. No hay caso que me digan que un blue jay no tiene sentido del humor, porque yo lo sé bien. Y también tienen memoria: ellos trajeron jays hasta aquí (junto con otros pájaros) para mirar aquel agujero, cada verano y durante tres años, desde todas partes de los Estados Unidos. Todos apreciaban el suceso, excepto un búho que vino de Nova Scotia para visitar el Yosemite Park: vio el asunto, cuando ya venía en su viaje de retorno, y dijo que no pudo encontrarle nada muy gracioso. Pero, bueno, también estaba bastante desilusionado del Yosemite.”

Las milagrosas y desconocidas vidas de Juan Rodríguez, alias “La Mancha”

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"La Mancha"

Para entrar en la historia hay que dejar de ser uno mismo.

Mijail Bakhtin.

1

Juan Rodríguez, alias “La Mancha”, despertó ese día en medio de gritos y vivas en plena mañana, con un sol que apenas se atrevía a descorrer las nubes. Era un día invernal, un día sin mucho frío y lleno de voces. Apuró su desayuno con un café cargado y salió de su casa muy pronto. Caminó algunos pasos y creyó reconocer algunas de las voces que volaban: pueblo pequeño de algunos amigos, gente conocida y de otros que pronto habría de conocer. Se une a los gritos, a los viva, a los muera, sin importarle aquellos nombres que salen al ruedo de la vida o de la muerte. La gente comienza, poco a poco, a moverse, a marchar hacia alguna parte. “La Mancha” acepta la decisión que otros han tomado. Y se va con ellos, dejando atrás la calle de su casa, la plaza del centro, la Parroquia de San Francisco. Tepatitlán era más pequeño, ahora, desde los cerros.

La historia jalisciense dice que la Revolución llegó y se fue de Tepatitlán con una velocidad inusitada. Lo que no dice es que no recogió tan rápido su cola. “La Mancha” se fue con su gente a ganarse la vida, en buena parte, con la vida de los otros. Merodeó por el pueblo un buen tiempo, vivió del hurto para comer y se encargó de cuidar de su seguridad asesinando a las fuerzas federales que la amenazaban. Es muy probable que la juventud sea la única etapa de la vida en que el hombre crea tener el control de todo; y si a esto se suma un rifle entre las manos, los plenos poderes adquieren su certificado legal. Fue por esto que pusieron precio a la cabeza de “La Mancha”: quinientos pesos para traerlo vivo ante sus verdugos. Fue así que un mal día cayó en poder de los federales, mientras su última bala salía zumbando en espirales desde su tembloroso cañón. Tenía miedo, sin duda, pero más miedo a la vida, a esa vida pequeñita y atormentada que iba a vivir justo antes de la muerte.

Lanzaron la soga por sobre el brazo más firme del árbol más alto. Cayó suavemente y pendió libre por pocos segundos. Hicieron el nudo que se sabían y pusieron el rudimentario collar al aterrado muchacho. Le hicieron el banquillo, alzaron sus desfallecidos tobillos y lo dejaron suspendido en el aire. Pasados un par de minutos, cuando vieron que “La Mancha” ya no pataleaba, el capitán de la tropa dijo a sus novatos subalternos: “Todos son testigos que Juan Rodríguez, alias “La Mancha”, acaba de morir. Nosotros lo hicimos, ¡vamos por los varos, muchachos!”. Un aplauso cerrado y ovaciones coronaron la ceremonia. El cuerpo de “La Mancha” se mecía por inercia, como un péndulo flojo. Tepatitlán debía estar durmiendo su primer sueño. Los federales decidieron marcharse, satisfechos, con el rifle del muchacho y las pocas pertenencias que llevaba consigo. “La Mancha” ya ni se veía, colgando en lo alto de la oscura noche que los árboles, apenas, interrumpían con su follaje.

2

Muy pronto vinieron a saber de él. La cuadrilla -sin sospechar la emboscada- llegó a los pocos minutos, para hacer una oculta fogata que por esos días encendían allí, en el transitorio pago de “La Mancha”. Como en un ritual, con el desinterés que caracteriza a los rituales, vieron el colgajo, se dijeron algunas cosas y bajaron con apuro y poco esfuerzo al muchacho, aunque muy atentos a todo lo que los rodeaba, con un dedo pegado al gatillo. Quitaron la soga y pusieron una improvisada antorcha sobre su cara. Sin siquiera sospecharlo, “La Mancha” había vivido algo parecido al primer capítulo de una famosa y postrera novela cervantina. La cuadrilla fue testigo del milagro: “La Mancha” respiraba, aunque mal, muy mal, pero respiraba. Vieron que las marcas quemantes de la soga habían zanjado la mandíbula del muchacho y mellado la tráquea sin mucha profundidad. “La Mancha” fue puesto sobre el suelo, aún medio inconsciente, junto a una fogata rápidamente encendida. Todos los hombres lo rodeaban e intentaban con manos y sombreros echarle aire al desvanecido, lo cual figuraba más el círculo que rodea a un accidentado jinete de jaripeo que al de un resucitado de condena a muerte. Cuando, pasadas algunas horas, “La Mancha” pudo decir algo -a pesar de lo poco de mandíbula que le quedaba-, las carcajadas de sus compadres no se hicieron esperar. “Por lo menos no me ensucié”, dijo con dificultad y algo de orgullo. “Tengo sueño”, remató y se echó a dormir.

Pasó el tiempo y muchas otras correrías. La leyenda de “La Mancha” iba creciendo. Después de su resurrección, el respeto ganado lo hacía valer: cuatrerías, robos varios, asesinatos a federales, eran el pan y el agua para seguir viviendo. Y, nuevamente, la muerte habría de presentarse. Lo agarraron entre varios, varios que esta vez pretendían no cometer el error de sus antecesores. “La Mancha” tendría que morir fusilado. Nada de sogas, nada de péndulos: lo atarían a un árbol y lo llenarían con, al menos, cinco o seis plomos para “desplomarlo”. “La Mancha” ya le tenía menos miedo a la muerte, quizás porque la vida se le iba haciendo día a día más pesada, más difícil. Las leyendas, aunque vuelen, pesan más que el plomo.

Los captores pusieron al hombre frente a sus cañones. El comandante de la operación, al ver a “La Mancha” ya entregado a su suerte, le pidió que dijese cuál era su último deseo. “Quiero ir a la Parroquia, a despedirme de Nuestra Señora”, rogó. Los que estaban con sus rifles en mano los bajaron y miraron al jefe. “Vamos todos, si quieren”, insistió “La Mancha”. Los federales asintieron. Los cinco o seis partieron con el reo rumbo a la Parroquia de Tepatitlán. Con paso firme y devoto se dirigieron a saludar la imagen. Apenas entraron, se postraron frente a un costado de la pila y pusieron sus rifles a sus espaldas, para evitar ofender a la sagrada imagen. Ocuparon uno de los bancos y se instalaron allí, de pie, con cierto rictus de desinterés, sólo con el afán de cumplir su orden. “La Mancha” se postró con fervor y apenas puso sus rodillas en el suelo comenzó su oración de despedida. Pasados un par de minutos “La Mancha” miró la poca devoción de sus captores, quienes permanecían de pie detrás de él y con la frente en alto, mirando para todas partes, lo cual lo indignó. “Pos, ¿qué no tienen respeto? ¿Cómo están así, sin postrarse ante la imagen? ¡Mal nacidos!”, y les lanzó mediante un airado susurro: “Póstrense, chingaos y agachen la cabeza, sin respetos. ¡Qué Dios los castigue, sin respetos!”. La fatídica escolta no se sorprendió por las palabras del hombre. Inmediatamente y sin pensarlo hicieron lo que “La Mancha” ordenó. Se dirigieron rauda y culposamente adonde estaba el reo. “La Mancha” les abrió el paso y los federales entraron a la fila. De rodillas, con la cabeza gacha, se estuvieron quietecitos por algunos minutos. Pidieron por una feliz suerte en el futuro, por los hijos recién paridos, por las madres enfermas y para que ninguna maldita bala de los rebeldes les alcanzara nunca. Sintieron, después de tanto y tantos días, un poco de paz y descanso en sus corazones.

Los cinco o seis susurros prosiguieron por un instante más. Luego, se levantaron con calma y devoción, persignándose, mirando fijamente y con devoción la cara de la imagen y se propusieron volver a su labor. Cuando quisieron salir de la fila vieron que no había obstáculo alguno para hacerlo. “La Mancha” ya había cruzado corriendo medio pueblo y nadie supe decirles a los federales en cuál de las mitades andaba.

3

Ahora tendrían que usar balas de plata para matar a “La Mancha”, decían algunos. La leyenda se había levantado: la resurrección del ahorcamiento y la providencial escapada desde la Parroquia, daban para pensar, a los habitantes de Tepatitlán, que “La Mancha” ya era todo un milagro. Y no sólo en la pequeña villa, pues ya se estaban esparciendo las esporas de la leyenda por toda la región alteña, Jalisco y, poco a poco, por la república entera. En las tierras en que -años más tarde- algunos morirán diciendo “¡Viva Cristo Rey!”, varios hombres se estaban despidiendo del mundo con el viva de la Revolución en la boca. Eso hacía crecer aún más la leyenda de “La Mancha”: el único inmortal entre los mortales, casi el único que iba sobreviviendo por el polvo de los caminos, a la sequedad de las piedras, al ancho sol alteño.

Poco tiempo había pasado desde que “La Mancha” se había lanzado, por primera vez, a la insurgencia. La mañana aquella en que se despertó con los vivas y los mueras de la gente de su pueblo, ese momento en que decidió marchar con los suyos y hundirse en los márgenes del pueblo, pasó por su cabeza a paso de tortuga y le pareció que el tiempo es misterioso, que su transcurso no caminaba en línea recta: se elevaba, caía, dabas vueltas, serpenteaba, antes de quemar un minuto. Él que creyó estar en “algo”, ahora estaba en la nada, en los márgenes de los marginales, viviendo en la delgada costura que unía a la Revolución con los que andaban buscando su vida solos, para conseguir algo mejor, sea como fuere. En esa hoguera del tiempo, la vida parecía tener una gran roca en medio de su angosto camino: había que rodearla, quitarle el cuerpo, para poder seguir adelante. Pero, no obstante, la vida nada sería sin esa roca, la vida era nada sin el peligroso rodeo que el tiempo le había enseñado. Si alguna vez tuvo miedo a la muerte, la muerte ahora no le quitaría lo pantera; si alguna vez vio la vida como algo de que cuidar, ahora ésta no era más que un viejo rifle y la sombra de un árbol.

A casi todos sus compañeros de correrías, sin excepción, los habían muerto. El resto, los que se fueron con los otros grupos, andaban bien lejos, buscando otros ranchos donde se estuvieran a resguardo. Por eso, no fue extraño cuando, en medio de un cansado y leve sueño, un sueño que nunca podía profundizar demasiado, lo despertó un breve “clic”. No atinó -porque no quiso- en agarrar el viejo rifle. Estaba cansado y no deseaba quebrar su calma. “Órale, mancha, de aquí nos vamos contigo para que puedas seguir siesteando otro poco”, dijo uno, mientras los otros federales carcajeaban y recogían el viejo rifle. Lo levantaron por los sobacos entre dos, le ataron las muñecas y lo llevaron rumbo al pueblo más cercano, Yahualica, cerca de Zacatecas, con un cañón punzándole entre vértebra y vértebra.

Al cabo de dos horas de caminata llegaron. “La Mancha” escuchó que hacía cosa de semanas, antes que él pisara las cercanías del pueblo, los revolucionarios habían llegado a asaltar la plaza. También escuchó que el pueblo había pagado su rescate, luego de una intensa lucha, y que los rebeldes se habían ido conformes con el dinero. Estaba más solo que nunca y lo sabía: lo rodeaban de todas partes, hasta decían que del gobierno lo andaban buscando. La fama se había repartido por todas partes pero, como lluvia, caía y le resbalaba por los tobillos; ya no le importaba que se le consideraran el más astuto de los criminales, el milagroso que se había escapado dos veces de la boca misma de la muerte. Lo importante era ahora morirse a lo mero macho, a lo hombre, porque siempre vivió a lo hombre; y dejarse matar era la prueba máxima de esa hombría.

A mediodía lo reposarían sobre el paredón. La noche se hizo de una largura extrema. “La Mancha” no podía dormir enjaulado y pensó que ése sería su último desvelo y que el federal, que se mofó de él, tenía toda la razón. Recordó aquella última escapada, desde la Parroquia de Tepatitlán, donde dejó a sus captores rezando. Recordó el altar, la imagen de Nuestra Señora, y la trajo a su pecho para, ahora sí, darle la despedida que no se pudo por allá por su pueblo. “Ay, madrecita, ya me voy, ya me llevan y luego…”, dijo apenas y se quedó dormido acariciando su bigote.

4

Despertó sobresaltado por los inquietos relinchos de los caballos. El belfo amarillo ya comenzaba a besar a todos desde las alturas y con su labio iba quemando a toda Yahualica. Alguien andaba preguntando por un tal Juan Rodríguez, alias “La Mancha”. Alguien que, venía montando desde Tepatitlán, llegó preguntando por él. Le dijeron que por ahí estaba y que lo tenían bien guardado hasta la hora acordada, para que todo el pueblo viera que había justicia y que nadie podía andar por ahí matando federales. Mientras le decían esto, el jinete bajó de su caballo y pidió hablar con el jefe, mostrando un sobre grande y sellado. A los pocos minutos le señalaron el camino y se fue tras dos guardias. “La Mancha”, todavía reborujado por los relinchos de bienvenida, trataba de aguzar el oído, sin conseguir más que un murmullo de voces que decían algo en murmullos. Volvió a recostarse y miró a su alrededor por si alguno de sus carceleros le había dejado un recipiente con agua, pues la sed era terrible: pero nada había. Y no había nadie. Decidió apagar la sed forzando el sueño.

Al rato llegaron a golpear los barrotes de la jaula. Alguien le lanzó agua desde el otro lado. “¡Levántate, animal, que te vienen a ver!”. El reo, entre dormido y despierto, sintió su ropa mojada y comenzó a succionar las telas. “¿Me puede dar agua, por Dios?”, preguntó al guardia. El gendarme se retiró sin prestar mayor atención al pedido. Entonces “La Mancha” escuchó la llegada de unos pasos. Un hombre de uniforme se acercó a los barrotes con un jarra, al tiempo que otro, que venía detrás, le abrió la entrada. Había llegado el momento y “La Mancha” intentó ponerse de pie para esperarlo. “Quédese ahí, no más descanse ahorita, nos queda un largo viaje”, le dijo el desconocido, alargándole la jarra. “La Mancha” le hizo una rápida venia y se zampó el agua de un sopetón. Cuando terminó con la última gota, el uniformado le comenzó a contar a qué venía y hacia dónde irían. Lejos, muy lejos de allí, lo estaban esperando. Querían verlo en México, así que no habría de ser fusilado. Querían tenerlo frente a las autoridades para algo que él mismo desconocía. “Amigo, usted está ya muy famoso en México. Mis superiores me pidieron llevarlo allá lo más pronto, así que ahoritita nos vamos para allá. Pasaremos antes por Tepatitlán, que está en camino, para recoger alguna botanita y ponerlo bien vestido… Pos, órale, vamos”, y lo levantó de un brazo.

“La Mancha” se fue de Yahualica pasado el mediodía. El capitán y sus guaruras lo llevaban asegurado sobre una de las monturas. El sol seguía con su persistencia y a cada minuto le crecía más y más el corazón y más y más iba soltando sus quemaduras a la tierra. De lejos, “La Mancha” reconoció apenas, por el tono amarillo de todo, que ya venían al encuentro de la figura solitaria de la Parroquia.

5

“Pásele, que no le dé pena” y, con un gesto de mano, la autoridad lo invitó a sentarse en su despacho. “La Mancha”, apenas tomó asiento, sintió la suavidad espumosa de la silla. Nunca, ni en su vieja cama de Tepatitlán ni en el banco de la Parroquia ni menos en las duras peñas que fueron su refugio, había tenido esa sensación de suavidad que, sin embargo, le incomodaba, al menos, en ese momento. “A usted, don Juan Rodríguez, lo hemos traído hasta México por una razón muy sencilla. Todos sabemos lo que ha hecho y, créame, que de una u otra forma lo admiramos. Nadie se salva tres veces de morir, cuando ya la cosa estaba bien negra. Hartos de nuestros hombres pasaron a mejor vida por su rifle y muestras nos ha dado que usted es alguien que ha sabido matar y no morir. Pero lo trajimos hasta acá para que deje de hacerlo, por lo menos de hacerlo del lado que lo ha hecho hasta ahora. Nada más de revoluciones ni de esas cosas que ya pasaron, nada más. ¿Ya me entiende, don Juan?”. La autoridad miró a los ojos de “La Mancha” con una firme gentileza. El famoso bandido, lentamente, comenzó a bajarla y musitó un corto “ya”, mientras se agarraba nerviosa y firmemente de la silla, pareciéndole que todo se movía como en el bamboleo previo a un naufragio.

El hombre de traje se recostó con soltura sobre su respaldo y comenzó a contarle los planes que tenía para él, los trabajos que ahora tenía que comenzar a cumplir y que, con todo lo que ya sabía y un buen varo bajo la almohada, poco y nada le iba a costar cumplirlos; le habló también del futuro, de todo lo que ahora podría hacer y de lo que podría dejar de hacer si se le daba su regalada gana. “La Mancha”, a cada palabra de la autoridad, sentía que algo extraño e impensado se le abría ante su existencia. La vida ya no era su viejo rifle ni la sombra del árbol. Ahora eran cosas que brillaban, paredes, sillas suaves, cortinas y gente limpia. La costura entre los vividores y la Revolución, donde había vivido los últimos años, se había roto. Y no había motivo para volverla a zurcir si ahora había un paño nuevo. Pues, terminada la propuesta y la aceptación firmada con una tiritona cruz, la autoridad estrechó la mano de don Juan Rodríguez, le golpeteó amigablemente la espalda y le pidió a su edecán que acompañara al nuevo Jefe de Policía a su despacho.

El tiempo se iba rápido, porque el trabajo era mucho. Pero el trabajo le era leve al Jefe de Policía. Sabía de los escondrijos, conocía de sobra qué lugares eran los aptos para ellos y, por si fuera poco, quién era quién y con quiénes andaban por ahí bajando federales. La tasa de criminalidad, dicen, cayó en una sostenida curva de descenso y, junto con ello, subían y subían las opiniones de que todo era un nuevo milagro del tepatitlanense. Así los años se iban asfaltados, corriendo veloces y sin memoria. Las cosas seguían su curso, un curso en que la muerte de “La Mancha” se iba alejando, se iba quedando por allá, por la región alteña, cerca del árbol, dentro de la Parroquia y de la seca jaula de Yahualica.

A la salida de su despacho y acompañado de sus guaruras, el Jefe de Policía solía caminar todos los días algunos minutos por las cuadras cercanas al edificio, para tomar algo de aire fresco. Uno de esos días, caminando y estirando las piernas, un barrendero con cara de asombro se le aproximó peligrosamente cerca. Los guaruras lo detuvieron. El Jefe de Policía escuchó, en medio de la detención, que aquel hombre quería hablar con él. “Pues hable usted”, le dijo y le ordenó a sus hombres que lo soltasen para escucharlo. El barrendero le escudriñó fijamente el rostro, como buscando algo y, con un nuevo asombro, le preguntó: “¿Usted no es, acaso, “La Mancha”, el de Tepatitlán?”. El aludido, muy sorprendido y mirando a su alrededor, le respondió en voz baja y con un tono de extrañeza: “Sí, pero, ¿de dónde me conoces?”. El barrendero soltó su implemento de trabajo, lo posó en el tronco de un árbol y desempolvándose el pelele, tomó aire: “Yo era, pues, uno de los que lo llevaron a la Parroquia y nos dejó rezando”, dijo el hombre sonriendo. Juan Rodríguez o “La Mancha” no se movió por algunos segundos. Miró al humilde aseador y siguió sin moverse por varios segundos más, viendo con atención las ajadas manos del hombre que se acariciaban nerviosas una a la otra. “Creáme -prosiguió el barrendero- que lo admiré y admiro mucho… Usté sí que era un bandido de veritas, el único con el que nos hicimos bolas y caímos como cochinos”. El Jefe de Policía soltó una gran carcajada y palmeteó el hombro de aquel que antaño fuera su captor. “Órale, ¿qué hace en esto, compadre? Véngase conmigo ahorita y le damos una buena chamba, pos pa’ que no digan los habladores que los federales son unos corrientes”. Y se fueron hablando y riendo de la desconocida historia que siguió a la segunda resurrección de “La Mancha”…

6

“¿Y luego qué pasó?”, le pregunté al taxista. Pregunta ya demasiado tarde, pues estábamos donde debía bajarme. “Después nací yo, pero antes mi abuelo y mi madre”, me dijo y se rió para proseguir. “Mire, usted, que viene de tan lejos, es normal que no sepa las historias que pasaron acá, sobre todo si fue por allá por Jalisco y en un pueblito como ése. Ni los chilangos van a saber nunca. Mi bisabuelo vivió como tres vidas en una, de muchas historias y era, por eso, un hombre muy respetado por allá por su rancho adonde se fue a morir. La historia que le conté en cinco minutos daba para contársela en dos o tres horas. Apenas le hice un resumen”. Lo miré y le pregunté: “Pero, por lo menos, dígame cómo murió o, mejor aún, que pasó después de ese encuentro con el barrendero que había sido federal”. Mientras le pasaba el dinero y me daba el cambio, el taxista no dejaba de sonreír. “Ésa es otra historia, amigo, y se la debo para la otra vuelta”, me respondió, “para la próxima”, me volvió a decir. Miré el reloj y vi que era tarde. Me despedí del hombre y le agradecí el haber compartido conmigo la historia de su bisabuelo.

Debo confesar que me bajé del taxi con la sensación de haber sufrido una estafa. Caminé un par de metros, pensando si era verdadera o falsa aquella historia de “La Mancha”, si eran ciertas las resurrecciones, si su “canonización” como Jefe de Policía fue real. Venía llegando recientemente de Jalisco y sólo podía dar fe que era cierto todo lo tocante a la quemante luz del sol de aquella región. Guardé en mi memoria el nombre de Tepatitlán y lo busqué en una mapa. Y ahí estaba el famoso pueblo de “La Mancha”, cerca del municipio donde había pasado el fin de semana, Lagos de Moreno, en camino hacia Guadalajara. Busqué, también, a Juan Rodríguez, alias “La Mancha”, y no obtuve absolutamente nada, ni una reseña ni una breve referencia ni siquiera algún corrido de los tantos que hay sobre revolucionarios. No había memoria de él. Sin duda, “La Mancha” -de haber realmente existido- estaba al margen del margen, fuera del orden y el desorden, en esa costura que, al final, se descosió y lo llevó a encontrarse con una nueva tela que cortar. Pero, ¿dónde estará enterrada toda esa historia, la historia de este hombre que ya casi nadie conoce? Da igual, me rindo. Lo cierto es que fui receptor de una historia verdadera o falsa, pero historia al fin y al cabo. Ya lo decía el omnipresente Borges: muchas veces la vida real y concreta busca un modelo en la ficción. Tal vez deberíamos tomarla como una alegoría, una traslación completa y casi total, de la historia del país o, más allá del país, de la búsqueda laberíntica del hombre en su mundo. La historia de “La Mancha” lee y revisa el pasado y se deja fácilmente leer por el futuro.

Sin embargo, ya han pasado dos días desde este encuentro y no dejo de imaginarme el rostro de “La Mancha”, su pueblo, la horca, el viejo rifle, los lugares dónde se ocultó; la inminencia de la muerte, ese sol que ya viví en Jalisco, la Parroquia, el enjaulamiento, los viva y los muera, las persecuciones, las fogatas ocultas, las balas disparadas… Y necesito cerrar la historia de alguna manera, por más estúpida que sea: confieso, no sin poca vergüenza, que me consuelo pensando que, al menos, raya en la verosimilitud, lo cual pondría feliz hasta al grave y serio Aristóteles. Nada más que decir. Todo para imaginar. Y lo que acá he escrito no es más que un intento por tratar de comprender que la historia de un hombre, se puede abrir y cerrar, poner de costado, bajar o subir. Pero siempre queda el hombre en el fondo, como el orujo de la uva de un vino, desechado por unos o aprovechado por otros. Otros que harán con él, con su historia, un licor más dulce y ameno, pero que nadie recordará después de habérselo bebido. “La Mancha” se convertía así en su propio apodo: una mancha en la historia, lo ilegible, la fosa que se cierra sobre lo que ya nadie recuerda, lo que cayó como una sombra borrascosa sobre su propia, desconocida e infame leyenda.

México, D.F., 26 de marzo de 2010.